martes, 29 de mayo de 2012

Historias de Insurrección y Onanismo

No hacía ni tres meses que había llegado al nuevo internado y todavía no me había acoplado a las nuevas normas del colegio. Y no era porque fueran más rígidas que las del antiguo. No. Era simplemente porque en el Santo Domingo Savio regía la ley del “porque-sí-y-porque-yo-te-lo-digo”.
A pesar de no tratarse de un colegio oficialmente religioso, los salesianos habían impuesto un reglamento en el que imperaba la ausencia de toda lógica, y que podía muy bien resumirse en el contenido surrealista de un cartel situado junto a la puerta del despacho del director, que rezaba: “Prohibido llevar el Paquete de Tabaco dentro del Calcetín”. Todo un homenaje al Teatro del Absurdo.
Más previsible, aunque no menos irracional que la norma del calcetín, era la que obligaba a los internos a dormir con los brazos por encima de sábanas y mantas, de tal manera que no pudiera existir un contacto directo entre manos y genitales. Si a esta “prudente” y púdica norma uníamos el hecho de que, para contrarrestar el hedor que imperaba en los dormitorios, las ventanas se mantenían permanentemente abiertas, pueden ustedes empezar a imaginar lo que pasaba cuando el invierno arreciaba…
La ola de frio que invadió Europa aquel mes de enero de 1975 y la testarudez del director habían conseguido que las manos de los internos tomaran vistosos tonos azulados y, en algunos casos, se cubrieran de sabañones. De nada sirvieron las súplicas y las promesas de castidad de los afectados y, en previsión a posibles brotes de rebelión, el cura decidió prolongar la vigilancia más allá de la medianoche. También estableció una serie de normas especiales -tan absurdas como de costumbre- adaptadas a la crisis que se avecinaba.
Coger a alguien con las manos dentro del sobre se castigaba con falta grave y carta a los padres, en la que se informaría convenientemente  sobre las tendencias onanistas y exhibicionistas de su hijo (¿No tenía miedo ese pedazo de hijo de puta de que el Averno –que tanto decía temer- se le abriera bajo los pies?). Pero si grave era esta amenaza, más estúpida era la norma siguiente, con la que aparentemente se pretendía no dejar ni un cabo suelto: pillar a un interno con una mano dentro y otra fuera o descubrir que las tenía calentitas (¡¿?!) se castigaba con una falta leve, aunque la acumulación de dos faltas leves a lo largo de la misma noche implicaba la expulsión del niño en cuestión.
Como ya os podéis imaginar, el mismo día en el que las nuevas normas entraron en vigor muchos niños disponían ya de un par de brazos postizos que se disponían sobre las mantas mientras que los auténticos quedaban al abrigo. Pero don Eugenio no era tonto del todo y dos noches más tarde ya había descubierto el ardid, con lo que tuvo que hacer una primera enmienda al nuevo reglamento. El artículo adicional decía que disponer dos brazos postizos sobre las mantas y esconder los verdaderos entre las sábanas se castigaría con falta grave y cartita, y añadió una apostilla digna del mismísimo André Bréton: la coincidencia de un brazo postizo y otro verdadero sobre las mantas se castigaría con una falta leve.
La rebelión empezaba ya a palparse y esa noche algunos internos durmieron con cuatro brazos sobre las mantas: los verdaderos y dos postizos. Pero don Eugenio volvió a superarse aplicando el reglamento a rajatabla. Si la apostilla decía que uno auténtico más uno falso era igual a una leve, dos auténticos más dos falsos eran dos leves que, haciendo uso de la segunda norma del primitivo nuevo reglamento, se convertían automáticamente en una grave y en misiva a los padres.
La noche siguiente todo el colegio durmió con los brazos auténticos sobre las mantas y dos falsos entre las sábanas, una combinación que el director no había previsto y que le hizo perder la compostura. A las once de la noche empezó a pegar gritos y a zarandear a todo el que pillaba, de tal manera que hubo desbandada de niños en pijama con brazos postizos por los pasillos como si estuviéramos en sanfermines. A los cuatro o cinco que pilló se los llevó a su cuarto, donde los tuvo castigados hasta las tantas, mientras que el resto de los colegiales volvió poco a poco a las camas.
Sólo se oían juramentos y maldiciones, cuando de pronto se escuchó a Álvarez Puñal que, a voz en grito, decía: ¡Mira, cacho cabrón, con las manos por fuera! Yo no llegué a verlo, pero los presentes aseguran que el niño de Barcarrota había agarrado su pene con mantas y todo, y había empezado a  masturbarse como un loco y a dos manos. Y debió de ser verdad, porque fue expulsado ipso facto y al día siguiente lo vimos partir con su maleta y una sonrisa en la cara.   

domingo, 27 de mayo de 2012

El Color Sepia de la Felicidad Pasada


Nunca llegó a haber entendimiento ni acuerdo entre los presentes: Vicente Nebot -el  “Sapo”-  era  culibajo  para  unos y paticorto para otros, y la discusión sobre los matices de ambas posturas podía prolongarse durante horas.
El debate empezaba por lo general camino del comedor, cuando los rezagados levantaban la vista y vislumbraban que la espalda del niño de Albacete se encontraba demasiado cerca del suelo. Luego iba tomando forma durante los minutos previos a la llegada de Matilde y su carrito de alimentos poco apetitosos, para volverse espesa entre el primero y el segundo plato. En el postre la situación llegaba a ser caótica, hasta el punto que el guirigay generado lograba despertar a don Alejo de su sopor existencial. El cura, sin alejar ni un centímetro su boca del plato, levantaba entonces la vista y ponía cara de mala leche.
La situación se prolongaba algunos segundos hasta que súbitamente, y sin que nada hubiese cambiado, su mirada volvía a perderse y el letargo retomaba el mando de sus 87 primaveras. Dos minutos de vacío más tarde su cadencia de cuchareo recuperaba el carácter mecánico y sus comisuras volvían a dejar escapar dos hilos de sopa que, invariablemente, terminaban en el mantel de hule. Mientras tanto, el alboroto apenas se detenía.
Las bromas se entremezclaban entonces con severísimas afirmaciones  supuestamente basadas en la rigidez del método científico. Por ejemplo, Martín Noriega sostenía con vehemencia que las breves extremidades de Vicente eran la prueba definitiva de que había sido poseído por un ser de las tinieblas, observación aprovechada por los defensores de las tesis “paticortas” para lanzar vítores y palmas. La parte contraria reaccionaba, por supuesto, con abucheos y el consiguiente aporreo de la mesa.
A poca distancia, Vicente el Sapo seguía el debate dando cuenta de su ración y renegando con la cabeza, y de tanto en tanto soltaba un “capullos” con la boca llena, que los demás obviamente ignoraban.
El litigio se mantenía vivo durante el camino de vuelta a las aulas y sólo se daba por zanjado cuando don Javier Sádaba iniciaba su estrambótica clase de matemáticas. Aún así, de vez en cuando algún exaltado todavía llegaba a susurrar entre dientes un escueto “c-u-l-i-b-a-j-o”, como si le fuera la vida en pronunciar la última palabra.
 
De entre todos los amigos que llegué a hacer en el internado, Boni Burrajo era, con mucha diferencia, el más agraciado. José Corbacho era bizco, Roberto “Miserias” y Julián Arano llevaban gafas de culo de vaso, Pepe “el Congrio” era largo y flaco como una culebra (de ahí el apodo), mientras que el pelo de Emilio Sanjuán siempre supuraba una mezcla de aceite y caspa, sin que las lociones y potingues que su madre le mandaba desde Tomelloso le sirvieran para gran cosa. Todos nos creíamos del montón, pero en realidad éramos adolescentes feos, antiguos y pasados de moda incluso para los años grises que nos tocó vivir.
Cuando por fin salimos del colegio, ese aspecto poco europeo, un vestuario sin marcas, y una supuesta moral autoinfligida que nos hacía creer que estábamos por encima del bien y del mal, nos proporcionaron no pocos problemas para encontrar pareja. Aún así, yo siempre había dado por supuesto que habíamos sido niños felices durante los seis años que duró nuestra aventura.
Me lo hacían creer historias como la de las proporciones corporales de Vicente, o el recuerdo de la cara alucinada de educadores o profesores cuando nos descubrían arremolinados delante de un cuadro de un esquiador que alguien con pocos medios había plantado en un pasillo solitario. Allí nos reuníamos todos después de clase para imitar su slalom justo después de que José Castilla, autoproclamado jefe de protocolo, le asestara un ligero toque lateral y el cuadro empezara a bambolearse a derecha e izquierda. Era todo tan absurdo como extraordinario.
Hace pocos años, muchos de los que habíamos compartido entonces ese colegio quedamos en reunimos allí. Los primeros instantes tras el reencuentro resultaron ser como un extraño juego, repleto de visiones casi oníricas en las que cada uno trataba de escudriñar la más probable de las evoluciones que cada niño había podido seguir en los últimos treinta y tantos años. Al final resultó que Boni se había transformado en un cincuentón tan estropeado como el resto, que José Corbacho, Roberto y Julián –que ahora se hacía llamar Julen- habían pasado por el quirófano y sus ojos lucían ahora como luceros, que el “Congrio” ahora era ancho, y que la cabellera de Sanjuán ya no supuraba nada, sencillamente porque donde había habido mata de pelo ahora únicamente quedaba terreno baldío y desolación. Sólo Vicente seguía siendo reconocible por aquellas mismas proporciones que en nada recordaban a las del Vitrubio de Leonardo.
Hubo intercambio de fotos familiares en las que, como era de esperar, todos los niños eran guapos y lucían ropa de marca. Luego se inició un exhaustivo repaso al anecdotario que todos conocíamos de memoria, con historias de insurrección y onanismo, de acontecimientos relacionados con proscritos impregnados por el humo de sus cigarrillos, de pequeños hurtos y perritos voladores, de lecturas secretas de Alfred de Musset a la luz de las velas o de enfermos imaginarios que regresaban cada fin de semana de las mismas garras de la muerte. Supimos después que don Alejo andaba criando malvas desde el mismo día en que la Pasionaria volvió de su exilio moscovita o que Sádaba había seguido impartiendo su mística visión del cálculo y la geometría en su Zaragoza natal hasta que, hace pocos años, se jubiló.
Todo iba como estaba previsto, y la fiesta no parecía acabar. Pero durante unos instantes y como una ráfaga, oímos algo que no deseábamos escuchar. El mensaje había salido de la garganta de Nico Albelda, uno de esos ex alumnos a los que resultaba difícil poner rostro y a los que muy pocos habíamos dirigido un pensamiento en todos estos años. Con los ojos enrojecidos, el que había sido un niño de aspecto delicado y retraído, ahora nos señalaba a todos con el dedo y nos maldecía por no haber querido ver el ultraje al que había sido sometido a lo largo del curso 73/74. No dio más detalles, y las aclaraciones que algunos se atrevieron a pedir no fueron satisfechas.
Nicolás salió de la sala y, que yo sepa, nadie más volvió a verlo. Durante unos minutos cruzamos miradas extrañadas y apenas se intercambiaron dos palabras; luego la reunión fue retomando su pulso normal y una hora más tarde todo el mundo había regresado ya al repaso de esas hazañas de pubertad que todos conocíamos de memoria.

En los días que siguieron intenté reconstruir la historia de Nico con retales que mi memoria había guardado en lugares olvidados de mi cabeza, y diseccioné con cuidado cualquier recuerdo que tuviera algo que ver con el horror que nunca llegó a tocarme. A pesar del tiempo pasado, sentí de pronto que aquellos maravillosos años de mi juventud no habían sido tan luminosos como yo quería recordarlos, y que en el camino habíamos aprendido, sin darnos cuenta, a mirar hacia otro lado cuando lo que podías llegar a ver resultaba sucio, diabólico o simplemente comprometedor. Querido Nicolás, ahora siento que te debo una disculpa.

viernes, 27 de abril de 2012

Cómo llegué a interesarme por William Stanger

Supongo que sabéis que durante una etapa de mi vida, que no estoy muy seguro de que haya acabado, me dediqué a la conservación de lagartos y otros bichos que se arrastran por lugares preferentemente secos y calurosos.

Por motivos variados, durante la década de los noventa y los primeros años del nuevo milenio estuve plenamente implicado en todo lo relacionado con las razones que habían llevado a muchas especies de saurios de Cabo Verde a estar entre las especies amenazadas. Me interesaba entonces cualquier cosa que pudiera dar respuesta a alguna de mis preguntas, y repasar lo que habían encontrado otros antes que yo.

Me interesaba saber incluso por qué cada especie se llamaba como se llamaba ya que ese dato -aparentemente inocuo- podía llegar a ofrecerme algunas pistas acerca de lo bien informado que estaba el descriptor, cuál era su estado de ánimo o lo que realmente pensaba sobre ese y otros asuntos ¿Por qué Tarentola substituta, y no Tarentola queseyó? ¿O por qué Chioninia fogoensis o Chioninia stangeri, en vez de Chioninia jemenfou?

El caso es que me enteré que Chioninia stangeri había sido descrita por John Edward Gray, un señor que siempre aparecía en las fotos con malos pelos, que por lo visto mandaba mucho en todo lo venía a ser el Museo Británico, y que había hecho la descripción a partir de los ejemplares capturados precisamente por William Stanger en la isla de Sao Vicente, cuando las calderas del Soudan reventaron. Se me ocurrió entonces informarme acerca de esa expedición abolicionista que pretendía cristianar negros a lo largo del río Níger y que terminó como el rosario de la aurora, y del papel que desempeñó en ella el señor Stanger ... Seguí leyendo, até algunos cabos y comprobé que lo del tiro por la culata viene a ser una práctica habitual entre algunos hombres de -más o menos- buena voluntad.

No lejos de allí, en la vecina isla de Santo Antao el Reverendo Richard T. Lowe, otro británico igualmente empeñado en salvar almas por la vía anglicana, también mataba su tiempo libre apañando lagartijas. Cogió unas cuantas, hizo un paquetito y, como buen súbdito de su Graciosa Majestad, las envió al Museo Británico. Como para entonces el señor Gray ya no estaba para muchos trotes, le pasaron el material a un becario poco motivado que, como quien no quiere la cosa, se equivocó al etiquetar los bichos suponiendo erróneamente que procedían de la isla de Fogo.

Arthur O'Shaughnessy, nuestro becario de cabeza llena de pajaritos, se atrevió por fin a ponerle nombre a las lagartijas de Santo Antao pero, como pensaba que procedían de la isla de la gran caldera, terminó por llamarla “fogoensis”. El caso es que montó un follón de padre y muy señor mío que no pudo resolverse hasta un siglo más tarde.



Con buen criterio, O'Shaughnessi abandonó la biología para dedicarse de lleno a la poesía, que era lo que de verdad le molaba. Publicó varios libros de corte prerrafaelista, uno de los cuales -Music and Moonlight-incluía su famosa “Ode”, … esa que tanto apreciaba Willy Wonca y que empieza con “We are the music makers...”.

Resultaba tentador relacionar a través de dos lagartijas de Cabo Verde a dos británicos victorianos de distintas generaciones que murieron jóvenes y que sin duda veían la vida desde dos puntos de vista tan diferentes.

Stanger acabó legislando en contra de lo que había predicado, o … tal vez las circunstancias determinaron que sus principios cambiaran sin que él acabara de percatarse, o … tal vez se percató pero no pudo hacer otra cosa. El caso es que tengo la impresión de que el último repaso a su vida antes de expirar debió ser amargo.

Dos décadas más tarde O'Shaughnessy escribió una vibrante poesía sobre la voluntad como motor del mundo, pero visto lo visto ¿Realmente somos ese motor o, por el contrario, la vida nos arrastra como un río y hace que dibujemos extraños reflejos de lo que en realidad somos?


Ode
(Arthur William Edgar O'Shaughnessy)

We are the music makers,
And we are the dreamer of dreams,
Wandering by lone sea-breakers,
And sitting by desolate streams;
World-losers and world-forsakers,
On whom the pale moon gleams:
Yet we are the movers and shakers
Of the world for ever, it seems.

With wonderful deathless ditties,
We build up the world's great cities,
And out of a fabulous story
We fashion an empire's glory:
One man with a dream, at pleasure,
Shall go forth and conquer a crown;
And three with a new song's measure
Can trample an empire down.

We, in the ages lying
In the buried past of earth,
Built Nineveh with our sighing,
And Babel itself with our mirth;
And o'erthrew them with prophesying
To the old of the new world's worth;
For each age is a dream that is dying,
Or one that is coming to birth.

A breath of our inspiration,
Is the life of each generation
.
A wondrous thing of our dreaming,
Unearthly, impossible seeming-
The soldier, the king, and the peasant
Are working together in one,
Till our dream shall become their present,
And their work in the world be done.

They had no vision amazing
Of the goodly house they are raising.
They had no divine foreshowing
Of the land to which they are going:
But on one man's soul it hath broke,
A light that doth not depart
And his look, or a word he hath spoken,
Wrought flame in another man's heart.

And therefore today is thrilling,
With a past day's late fulfilling.
And the multitudes are enlisted
In the faith that their fathers resisted,
And, scorning the dream of tomorrow,
Are bringing to pass, as they may,
In the world, for it's joy or it's sorrow,
The dream that was scorned yesterday.

But we, with our dreaming and singing,
Ceaseless and sorrowless we!
The glory about us clinging
Of the glorious futures we see,
Our souls with high music ringing;
O men! It must ever be
That we dwell, in our dreaming and singing,
A little apart from ye.

For we are afar with the dawning
And the suns that are not yet high,
And out of the infinite morning

Intrepid you hear us cry-
How, spite of your human scorning,
Once more God's future draws nigh,
And already goes forth the warning
That ye of the past must die.

Great hail! we cry to the corners
From the dazzling unknown shore;
Bring us hither your sun and your summers,
And renew our world as of yore;
You shall teach us your song's new numbers,
And things that we dreamt not before;
Yea, in spite of a dreamer who slumbers,
And a singer who sings no more.





martes, 17 de abril de 2012

El Discurrir del Río

We are the music makers, and we are the dreamers of dreams, wandering by lone sea- breakers, and sitting by desolate streams;—world-losers and world-forsakers, on whom the pale moon gleams: yet we are the movers and shakers of the world for ever, it seems.

I. El joven William Stanger venía de acabar sus estudios de cirugía en la universidad de Edimburgo y sentía que finalmente había logrado cruzar la árida estepa que separa al mugriento granjero de Lincolnshire del apuesto caballero de Chelsea. En el camino había perdido la voz de niño y ahora usaba un bigote moderno y un ademán principesco. Su madre era por eso la personificación del orgullo.
Su estancia en Escocia había estado cuajada de privaciones y sacrificios: seis años despertándose con el cansancio amasado durante horas de estudio en soledad, de interminables disecciones a la luz del gas de hulla y de un empleo con el que conseguía completar la triste suma que su padre y su abuelo materno le enviaban cada mes. Su otra ocupación en una imprenta de los arrabales de Leith le había permitido, además de no pasar demasiada hambre, conocer a algunos de los personajes más estrafalarios de la ciudad de las chimeneas humeantes. John Grills era, con diferencia, el más persuasivo de todos.
Aclamado en todas las tabernas y prostíbulos del puerto, Grills conseguía, con sus ideales masónicos y su poco discreto encanto revolucionario, encender el alma de Stanger. Cada tarde, sin falta y siempre con dos pintas en el estómago, aparecía por los talleres de Salamander Street, y su boca se transformaba en fuente de la que brotaban abrumadoras sentencias contra la explotación del hombre por el hombre y contra cualquier forma de esclavitud. El señor Ramsay, un hombre grueso eternamente tiznado, nunca impedía que el joven acabara sus alegatos, y sólo cuando los operarios empezaban a lanzar vítores y aplausos, la función se consideraba acabada. Entonces Grills lanzaba su sombrero al aire y bajaba de un salto de la mesa de tipos.
Al padre de John, un adinerado abogado de Chapel street, le preocupaba que su hijo mayor acabara convertido en el hazmerreir de Edimburgo o, peor aún, en un alcohólico sin oficio. Por eso, y según la costumbre de la época, decidió embarcar a su hijo en un viaje por las colonias que le hiciera reaccionar y recuperar el seso. La amenaza de perder su herencia zanjó muy pronto las dudas del hijo descarriado que, sin embargo, puso una condición: no llevar a cabo su penitencia en soledad.
Diez días antes de partir hacia Nueva Gales del Sur, Grills entró en la imprenta de Ramsay y encontró a William Stanger celebrando su recién estrenada licenciatura con sus -hasta entonces- compañeros de faena. Ese día no hubo proclamas ni se lanzaron panfletos pero, entre pinta y pinta, John convenció a William para que le acompañara en su periplo.
El 27 de julio de 1838 Stanger y Grills embarcaron con destino a Sidney, y durante un año y tres meses exploraron Queensland, Tasmania y Nueva Zelanda, recogiendo toda clase de rocas encontradas a su paso y satisfaciendo de esa manera las curiosas ocurrencias del que pagaba el viaje. Pero si durante el día recolectaban piedras, por las tardes los dos amigos dedicaban todos sus pensamientos a urdir planes para hacer del mundo un planeta mejor. Cuando a finales de 1839 atracaron en el puerto de Liverpool, John y Williams ya tenían muy claro cuáles iban a ser sus objetivos vitales: hacer que la esclavitud desapareciera de la faz de la Tierra.
Poco antes, la British and Foreign Anti-Slavery Society, la fundación con la que los dos amigos querían tocar las estrellas, había conseguido por fin que la Corona aboliera oficialmente esa indigna lacra, y, aunque en el fondo la razón para dar ese paso había sido más práctica que ideológica, los abolicionistas se habían convertido en los hombres del momento.
Convencido de sus creencias, Grills se enfrascaría en los aspectos legales de la sociedad abolicionista y acabaría convirtiéndose en el hombre de provecho que su padre siempre había deseado, pasando con naturalidad de la cerveza al brandy, y del lupanar al club de caballeros. Poco después tomó con fuerza las riendas del bufete y jubiló a su progenitor. Nunca abandonó la Anti-Slavery, pero sus posturas se hicieron pragmáticas y nunca más se alejaría de Chapel street. Por el contrario, Stanger -que en el sentido más amplio de la expresión siempre había sido un hombre de campo- quedó embrujado por aquel viaje a las antípodas. Por eso renunció definitivamente a los emplastos y a la cirugía, y decidió redirigir su carrera hacía la geología y la geografía.


II. Durante algún tiempo se dedicó a buscar nuevos proyectos que lo transportaran a lugares remotos, y pronto encontró benefactores que le propusieron evangelizar y civilizar nativos africanos, como un paso previo e indispensable para establecer relaciones comerciales legítimas con ellos y hacer que la trata de esclavos acabara por extinguirse. Y así fue cómo el impulsivo William llegó a convertirse en geólogo oficial de la African Colonization Expedition, que pretendía recorrer el río Níger desde su desembocadura hasta las marismas situadas al oeste de Timbuctú.
En 1840 el continente negro se había convertido en un hervidero en el que las potencias empezaban a plantearse la necesidad de pasar de un imperialismo informal al reparto en toda regla de grandes territorios. Por eso, el gobierno británico y la Corona se unirían con entusiasmo a la ingenua cruzada organizada por los abolicionistas, dotándola de tres barcos de vapor nuevos y armados con el más moderno equipamiento científico y militar. La misión de las embarcaciones y su tripulación consistía en garantizar el éxito de la expedición y... establecer de paso un protectorado británico en todos los territorios explorados medio siglo antes por el escocés Mungo Park.
El 13 de mayo de 1841 el Albert, el Wilberforce y el Soudan partieron de la bahía de Plymouth tripulados por ciento cincuenta británicos -entre los que se encontraba un emocionadísimo Stanger-, los príncipes Nkwantabisa y Owusu Ansa y dos docenas de cortesanos ghaneses. Las tormentas y el escaso calado de barcos preparados para navegar por aguas someras hicieron que el viaje hasta Madeira fuera tan movido y desagradable que el mal de mar tuvo postrados a todos los africanos y al propio Stanger, sin que apenas pudieran probar bocado. Afortunadamente, una avería en las calderas del Soudan, que les retuvo dos semanas en Mindelo, y el tranquilo cabotaje por los canales de Bijagos, Guinea y Sierra Leona, permitieron que los expedicionarios llegaran en relativa buena forma a Freetown, la orgullosa capital de los abolicionistas. Allí se unió a la expedición un centenar de africanos, entre los se encontraban algunos nobles mandingas, y varios guías e intérpretes yorubas, hausas y songhais. Los organizadores habían tratado de crear así una atmósfera de confianza igualando en número a negros y blancos, de tal manera que el ambiente de distensión propiciara la firma de tratados con reyezuelos de una y otra orilla del río Níger.
En cada una de las escalas que el barco llevaba a cabo, Stanger atendía sus obligaciones como geólogo y naturalista de la expedición, dedicando las travesías a herborizar, preparar ejemplares y etiquetar rocas. Pero a pesar de sus sólidos principios anti-esclavistas, la convivencia con los africanos se había ido enfriando progresivamente, y cuando los tres vapores cambiaron las azules y saladas aguas del Atlántico por el fango del río, el contacto entre el científico y los africanos se reducía ya a las clases de Yoruba que impartía uno de los que se habían incorporado en Freetown. Negros y blancos se ignoraban, y los primeros se habían ordenado por etnias y castas, de la misma manera que los británicos se reunían por rangos y cometidos.
William tampoco se llevaba bien con el doctor Theodor Vögel, el estirado naturalista alemán que lo miraba por encima del hombro y lo consideraba un tipo caótico y haragán. Vögel había llegado a la expedición de la mano de Henry Dundas Trotter, el capitán del Albert y jefe de la cruzada, y estableció normas duras y una disciplina prusiana que los ingleses del barco consideraban desproporcionadas y contraproducentes. Nada le agradaba y siempre lo hacía ver con modales autoritarios, por lo que cuando empezó a presentar los primeros síntomas de la disentería, todos los expedicionarios -sin diferencias de raza, rango o empleo- se alegraron.
El de Lincolnshire había encontrado en James McWilliam, cirujano jefe del Albert y al que ya conocía desde su etapa de tipógrafo, la mano paternal y amiga que todavía necesitaba. McWilliams lo había protegido del ogro alemán y Stanger a cambio le asistía en la enfermería. El quid pro quo inicial se convirtió pronto en una amistad que duraría toda la vida y que creció en los duros momentos que pronto conocerían.
A principios de agosto, los tres barcos tomaron el brazo occidental del Níger y se dirigieron a la localidad de Onitsha, la ciudad de etnia Igbo a partir de la cual el río se rompía en el laberinto de canales del delta, y desde donde se controlaba cualquier salida al mar de los negreros. La diplomacia y una velada exhibición del poderío militar convencieron a Ossai, el orondo rey de Aboh. Ossai cerró su mercado de esclavos, pasó por la pila bautismal y se puso bajo la protección de la Corona Británica. A cambio recibiría los cañones que le permitirían convertirse en el guardián del río y en recaudador de un peaje sobre cualquier mercancía que pretendiera alcanzar el golfo de Guinea. Cerrado el trato, los expedicionarios siguieron subiendo río arriba firmando acuerdos, convirtiendo paganos y clausurando uno tras otro los barracones en los que se hacinaba la mercancía humana lista para ser enviada hacia América. Cuando llegaron a Lokoja, allí donde el Níger confluye con el imprevisible Benué, la disentería ya había matado a varios oficiales y marineros, y mantenía postrados a una docena más de blancos. Los negros, por el contrario, apenas sufrían los embates de la epidemia.
Las negociaciones con el rey de Koji se prolongaron varios días, al final de los cuales decidieron comprarle terrenos para erigir la granja modelo prevista por los abolicionistas y financiada por el gobierno liberal de Lamb. La hacienda de Lokoja pretendía ser el punto desde el que se transmitirían nuevas tecnologías agropecuarias a la población nativa y un aliciente que hiciera olvidar a los mandatarios locales el dinero fácil conseguido mediante las razzias y el contrabando de esclavos.
Estaba previsto que la construcción de la granja corriera a cargo de la tripulación, pero más de la mitad de los británicos sufría ya fiebres y fuertes diarreas y los muertos ascendían ya a quince. McWilliams, Stanger, Vögel, los demás sanitarios de la expedición y cinco marinos reconvertidos en enfermeros no daban abasto en el improvisado hospital de campaña. Sólo el capitán Trotter, dos ingenieros y algunos marineros supervisaban y trabajaban en las obras, y la mayor parte del trabajo recayó entonces sobre los hombros de los africanos.
En un intento enloquecido de completar el programa establecido, a principios de noviembre el capitán Trotter decidió avanzar río arriba con la intención de alcanzar Gao, la mítica capital del imperio Songhai. Sin embargo, su patético esfuerzo apenas le permitió avanzar ochenta millas, y cuando se encontraban frente a la aldea de Eggan, él mismo y todos sus oficiales eran ya presa de la fiebre y del delirio, dejando al Albert casi indefenso.
A pocos cientos de metros, los tambores resonaban en la oscuridad señalando la debilidad de la tripulación e invitando al asalto del barco, y ocho británicos y 35 africanos se vieron de pronto en el difícil trance de tomar decisiones para las que no habían sido preparados. Fue entonces cuando apareció de la nada el genio contenido de Stanger que, sin pensarlo demasiado, hizo traer en parihuelas al maltrecho artillero para que le indicara cómo se armaba una de las piezas de estribor. Conseguido su objetivo, apuntó a las hogueras más luminosas de la orilla y disparó una descarga que dio de lleno en el objetivo. El aire de la noche se llenó de pronto de olor a pólvora y los tambores callaron, dejando oír con claridad el rugido de las calderas y el batir de los cigüeñales. Pistola en mano, la silueta de Stanger reflejada en el Níger era la antítesis de aquel tipógrafo abolicionista que trabajó en la imprenta del señor Ramsay.
Para cuando el Albert llegó al embarcadero de la granja modelo, la disentería había dejado ya 35 muertos. Los nativos de la región de Koji también se habían percatado del agotamiento extremo en el que se encontraba la misión y empezaron a correr rumores de levantamientos. McWilliams y Stanger, los únicos blancos con capacidad de decisión, estuvieron por eso de acuerdo en salir lo antes posible de aquel infierno.
El 7 de diciembre de 1841, el mismo día en el que expiró el odioso Vögel, el Albert partió hacia el sur, dejando la granja de Lokoja, el Wilberforce y el Soudan al mando de dos príncipes ghaneses apoyados por cuatro marineros de Liverpool, 135 africanos de diferentes etnias y un tratado de dudoso valor con un reyezuelo poco fiable.
Cuando por fin fondeó en la bahía de Port Clarence, en la isla de Fernando Poo, el barco se había convertido ya en un infecto depósito de enfermos gobernado por un febril William Stanger. Atrás habían quedado sesenta cadáveres enterrados junto al Níger o hundidos en el Atlántico, convirtiendo en una pesadilla una expedición que Howard Temperley se encargaría de etiquetar como un sueño blanco en África Negra.


III. En Londres, Stanger y el resto de los supervivientes serían aclamados como auténticos líderes abolicionistas y como héroes del Imperio, e incluso el glorioso Dickens llegó a dedicarles unas glosas. Y en parte no les faltaba razón ya que, a pesar del estrepitoso fracaso de la African Colonization Expedition, su enorme valor mediático y ejemplarizante acabó por convertirla en el catalizador de las nuevas empresas que finalmente aceleraron la división y reparto colonial del continente africano.
Agotado y mermado por la fiebre, un envejecido William Stanger aceptó entonces la oferta de John Grills y pasó varios meses en su casa de campo de Longniddry. Allí supo por los periódicos que la expedición de rescate que el gobierno envió un año más tarde a Lokoja se había encontrado una situación caótica. Los titulares añadían que pocos días después de la partida del Albert, la granja modelo se había convertido en el objeto de una guerra entre clanes locales y colonos, en la que los prisioneros eran obligados a trabajar en las plantaciones contra su voluntad. La granja sería cerrada y los colonos repatriados, haciendo aún más grande la decepción de Stanger.
Los meses pasados en casa de los Grills permitieron a William recuperar el gusto por la conversación y la polémica junto a su amigo John, recobrar parte de su salud perdida, poner orden a todo el material científico acumulado, buscar nuevas empresas que le llevaran lejos de Gran Bretaña y encontrar una mujer intrépida que estuviera dispuesta a acompañarle.
En septiembre de 1842 William desposó a Sarah Hurtshouse, y sólo seis meses más tarde aceptó un empleo de topógrafo en la empresa encargada del trazado y construcción de la carretera que debía unir Grahamstown con Ciudad del Cabo. A su llegada a la colonia todo el mundo conocía ya sus hazañas en el río Níger, y a nadie le extrañó por eso que sólo dos semanas después de la mudanza los Stanger fueran recibidos por sir John Montagu, representante de la Corona y Secretario Colonial en el Cabo. Pronto la relación entre el ahora topógrafo y el gobernador llegó a hacerse tan estrecha que Montagu hizo de Stanger un valioso consultor en los temas relacionados con el territorio.
La anexión británica en 1843 de la efímera república boer de Natal, y la renuncia de Douglas Bell -el primer inspector general de la nueva colonia- precipitó el rápido ascenso de Stanger en el sur de África. A su elección para un cargo importante en una región mal cartografiada que venía de sufrir fortísimos movimientos migratorios contribuyeron firmemente sus conocimientos topográficos y su demostrada diligencia. Stanger se convertiría así en el agrimensor necesario que debía solucionar los graves desajustes territoriales existentes en la región. Montagu exigió de Stanger toda la premura posible, y este respondió rodeándose de una red de inspectores que debía de trabajar a dos escalas. Una, muy rápida y basada en encuestas llevadas a cabo alrededor de las poblaciones más importantes y otra, más lenta y elaborada, que debía dar lugar a un catastro basado en la triangulación de todo el territorio.
Serían años de trabajo intenso durante los que Stanger recorrió toda la región de Natal y que dieron lugar a dos mapas publicados en 1848 y 1850. El producto de su labor resultó ser mucho más preciso de lo esperado, a pesar de lo cual nunca dejó de recibir quejas de unos y de otros. Los zulús reivindicaban los territorios conquistados cincuenta años atrás a otras tribus durante el Mfecane, los afrikaners -considerados súbditos díscolos por la nueva autoridad- no tenían ninguna intención de ceder ni un palmo del terreno ganado a los zulús después de la batalla del Río Sangriento, los nuevos colonos británicos exigían a su gobierno mano dura con los boers y, para acabar de complicar aún más las cosas, algunas tribus previamente desplazadas por los zulús, pretendían establecerse de nuevo en sus antiguos territorios.
Durante los años que siguieron, Stanger capeó un temporal tras otro, olvidando en ocasiones los principios cristianos y anti-esclavistas que le habían llevado a ser el que era. En 1852, y mientras intentaba resolver el problema que le planteaba el desplazamiento de un grupo de basutos del norte a la región central de Natal, se le ocurrió la idea de crear reservas nativas para darles cobijo e impedir que el problema se agravara. Dos de las reservas establecidas entonces acabaron convertidas en protectorados británicos y mucho más tarde en países independientes aceptados por las Naciones Unidas; otras desaparecerían con el tiempo. Todas ellas, sin embargo, inspirarían un siglo más tarde los bantustanes con los que el régimen racista sudafricano pretendía sentar las bases de un estado segregacionista e injusto.
El doctor Stanger, que nunca se había recuperado por completo de los males contraídos en el Níger, cayó enfermo en marzo de 1857 en uno de sus viajes a través de la colonia. Una semana más tarde moría en Puerto Natal. Cuando sus restos fueron finalmente enterrados en el cementerio de la capilla baptista de Fleet Hartage (Inglaterra), los periódicos recordaron que William Stanger había sido un campeón del abolicionismo y un buen cristiano. Algunos años después Hendrik F. Verwoerd recordaría también a William Stanger como el padre de los Homelands, el eufemismo utilizado por Pretoria para referirse a los infames guetos racistas.

domingo, 1 de enero de 2012

Ausencias de Otoño

Mis (escasos) lectores deben estar pensando que me he muerto, y en parte no les falta razón, porque durante este impás he estado mas tiempo debajo de tierra que en la superficie. Me he dedicado a horadar con saña mis propias meninges en busca de alguna razón que añadir a mi básica lista de motivos e ilusiones por las que vivir con alegría. Creo que ha sido una búsqueda exenta de prejuicios y en general bastante abstracta, de la que me ha costado sacar conclusiones que puedan contarse en voz alta.
Puedo confiaros sin embargo que en estos meses he tenido a bien dedicarme a otros menesteres que podrían reunirse en tres categorías. En la primera incluiría lo de escribir cosas poco divertidas para ganarme la vida; en la segunda estarían englobadas todas aquellas estratagemas dirigidas a evitar que el mundo me aplastara; y en la tercera, repetir una y otra vez “Oquet ont osoy”, ese mantra crumbiano al que hacía referencia en una de mis últimas historietas escritas antes del parón de otoño.
Ya sé que cualquier manual de superación personal aconseja evitar la autocompasión y la penitencia desmedida, pero si he de serles sincero prefiero cien veces verme obligado a recitar mi lastimero soniquete y flagelarme con un latiguillo imaginario que convertirme poquito a poco en un gilipollas de pro o, peor aún, en un cabrón con pintas. No insistan, así quiero seguir comportándome porque si lo hiciera de otra forma estaría contraviniendo el segundo principio de la termodinámica.
Desde que dejé aparcado al neanderthal decimonónico de la portadilla han pasado muchas cosas de las que apenas me considero culpable. Sin ir más lejos, en estos días ha entrado en erupción un volcán a tres pasos del escenario en el que se desarrollaba mi novelada -pero cierta- historia de los náufragos del Hierro. Y cuando digo tres pasos digo tres pasos; apenas quinientos metros de agua salada que, si los fundamentos de la homeopatía resultaran finalmente ciertos, aún deberían retener en su memoria el hedor a pólvora y cadáver generado en aquellos terroríficos instantes.
El volcán ha mandado pal carajo y de un plumazo a toda la reserva marina de la que vivían unas cuantas familias, ha atraído a no pocos curiosos y ha permitido que el nombre de Ramón Margalef se haya paseado por la cabecera de los periódicos, escrito en la proa de un barco. Y lo ha hecho con más bombo y platillo de lo que este insigne y discreto ecólogo hubiera sospechado y deseado en vida.
Mi nombre ha salido impreso mucho menos que el don Ramón pero, por extraño que pueda parecer a estas alturas de la película, también ha terminado apareciendo. Hace algunas semanas un periodista de un diario canarión me llamó para preguntarme si podía establecer alguna conexión sensata entre el asunto de la erupción y el de los lagartos gigantes. Por la forma misma del planteamiento, la pregunta se parecía más un intento aleatorio de cazar un sujeto sobre el que escribir, que de un interés preocupado y real. A pesar de todo, acabé hablándole del galimatías ese de la elevada probabilidad de que un fenómeno poco probable acabara con una especie amenazada (o con los planes de jubilación de una portera), invoqué de forma imprudente la ley de Murphy e incluso hice referencia al simpático símil de repartir los huevos en varios cestos. Un par de días después apareció publicado un artículo en el que el periodista ponía en mi boca sólo lo que le convino. Pero eso ya ni me extraña, ni me ofende: forma parte del guión.
El caso es que, para mi sorpresa -agradable sorpresa-, el presidente del cabildo de la isla del Meridiano hizo suyas mis anotaciones en el mismo artículo, en el que proponía que unos cuantos bichos salieran con destino a instituciones de prestigio para de esta manera hacer menos probable que la especie se extinguiera. Y digo sorpresa porque llevo algo así como quince años escribiéndolo por las paredes y gritándoselo a todo el que tiene orejas, sin que nadie de los de firma y cuño haya hecho ni puto caso … hasta ahora. Hay que celebrarlo, aunque sólo haya sido un farol.
Sin duda creo haber tenido poca culpa en lo de la erupción herreña, pero tengo que confesar que durante una décima de segundo mi ego deseó que mi cuento/reflexión acerca de los monstruos creados por el miedo hubiera sido la llave que abrió la caja de Pandora y la fragua de Vulcano, y que por una carambola del destino la profusión de lava fuera finalmente a beneficiar a los que más lo necesitaban. Durante ese exiguo lapso llegué a sentirme casi un héroe con capa.
Pero el subidón me duró muy poco. Ese mismo día, los que se suponen que más saben de todo este lío de los volcanes se encargaron de publicar una nota aclaratoria en la que, contraviniendo mi deseo, sugerían que la erupción de la Restinga debía explicarse sólo mediante modelos de nombres molones, tales como la teoría de punto caliente o la de una tal pluma térmica. Una pena, porque yo hubiera preferido que el culpable hubiese sido el Destino en persona, liderado por mi ego disfrazado de Capitán América.
Después de todo eso, recé una vez mi mantra y seguí con mi intensa labor minera. Prometo que lo próximo que escriba sea algo más entretenido.

domingo, 16 de octubre de 2011

El Mantra

Robert Crumb proponía, a través de su estrafalario personaje Mister Natural, un mantra infalible para alcanzar la perfección y, de paso, la felicidad absoluta. La fórmula espiritual crumbiana venía a ser algo así como “Ohket ont okes oy”, y el barbudo y rechoncho gurú recomendaba repetirla tantas veces como fuese necesario, hasta que el sujeto en cuestión llegara a entender sin ambages el mensaje exacto del soniquete...
Doy fe de que, si lo repites muchas veces, tarde o temprano llegas a comprender el recado (incluso yo, que no soy un iluminado, hace ya tiempo que lo capté, y tengo que admitir que acabé adoptándolo para usarlo cuando algo me sale mal). No garantizo, sin embargo, que alcanceis siempre el nirvana...
Sed buenos y repetid el mantra.

sábado, 8 de octubre de 2011

Cirilo o la Razón de la Fuerza (Nanonovela en cuatro líneas)

- Hipatia, Hipatia ¿quién te mató, Hipatia?
- Me mataron los "buenos" poniéndole puertas al campo.


(¡Qué tonto eres, Cirilo!: creías que con tu crimen ganarías el cielo y sólo has conseguido que la gente te tema). Fin.