domingo, 1 de enero de 2012

Ausencias de Otoño

Mis (escasos) lectores deben estar pensando que me he muerto, y en parte no les falta razón, porque durante este impás he estado mas tiempo debajo de tierra que en la superficie. Me he dedicado a horadar con saña mis propias meninges en busca de alguna razón que añadir a mi básica lista de motivos e ilusiones por las que vivir con alegría. Creo que ha sido una búsqueda exenta de prejuicios y en general bastante abstracta, de la que me ha costado sacar conclusiones que puedan contarse en voz alta.
Puedo confiaros sin embargo que en estos meses he tenido a bien dedicarme a otros menesteres que podrían reunirse en tres categorías. En la primera incluiría lo de escribir cosas poco divertidas para ganarme la vida; en la segunda estarían englobadas todas aquellas estratagemas dirigidas a evitar que el mundo me aplastara; y en la tercera, repetir una y otra vez “Oquet ont osoy”, ese mantra crumbiano al que hacía referencia en una de mis últimas historietas escritas antes del parón de otoño.
Ya sé que cualquier manual de superación personal aconseja evitar la autocompasión y la penitencia desmedida, pero si he de serles sincero prefiero cien veces verme obligado a recitar mi lastimero soniquete y flagelarme con un latiguillo imaginario que convertirme poquito a poco en un gilipollas de pro o, peor aún, en un cabrón con pintas. No insistan, así quiero seguir comportándome porque si lo hiciera de otra forma estaría contraviniendo el segundo principio de la termodinámica.
Desde que dejé aparcado al neanderthal decimonónico de la portadilla han pasado muchas cosas de las que apenas me considero culpable. Sin ir más lejos, en estos días ha entrado en erupción un volcán a tres pasos del escenario en el que se desarrollaba mi novelada -pero cierta- historia de los náufragos del Hierro. Y cuando digo tres pasos digo tres pasos; apenas quinientos metros de agua salada que, si los fundamentos de la homeopatía resultaran finalmente ciertos, aún deberían retener en su memoria el hedor a pólvora y cadáver generado en aquellos terroríficos instantes.
El volcán ha mandado pal carajo y de un plumazo a toda la reserva marina de la que vivían unas cuantas familias, ha atraído a no pocos curiosos y ha permitido que el nombre de Ramón Margalef se haya paseado por la cabecera de los periódicos, escrito en la proa de un barco. Y lo ha hecho con más bombo y platillo de lo que este insigne y discreto ecólogo hubiera sospechado y deseado en vida.
Mi nombre ha salido impreso mucho menos que el don Ramón pero, por extraño que pueda parecer a estas alturas de la película, también ha terminado apareciendo. Hace algunas semanas un periodista de un diario canarión me llamó para preguntarme si podía establecer alguna conexión sensata entre el asunto de la erupción y el de los lagartos gigantes. Por la forma misma del planteamiento, la pregunta se parecía más un intento aleatorio de cazar un sujeto sobre el que escribir, que de un interés preocupado y real. A pesar de todo, acabé hablándole del galimatías ese de la elevada probabilidad de que un fenómeno poco probable acabara con una especie amenazada (o con los planes de jubilación de una portera), invoqué de forma imprudente la ley de Murphy e incluso hice referencia al simpático símil de repartir los huevos en varios cestos. Un par de días después apareció publicado un artículo en el que el periodista ponía en mi boca sólo lo que le convino. Pero eso ya ni me extraña, ni me ofende: forma parte del guión.
El caso es que, para mi sorpresa -agradable sorpresa-, el presidente del cabildo de la isla del Meridiano hizo suyas mis anotaciones en el mismo artículo, en el que proponía que unos cuantos bichos salieran con destino a instituciones de prestigio para de esta manera hacer menos probable que la especie se extinguiera. Y digo sorpresa porque llevo algo así como quince años escribiéndolo por las paredes y gritándoselo a todo el que tiene orejas, sin que nadie de los de firma y cuño haya hecho ni puto caso … hasta ahora. Hay que celebrarlo, aunque sólo haya sido un farol.
Sin duda creo haber tenido poca culpa en lo de la erupción herreña, pero tengo que confesar que durante una décima de segundo mi ego deseó que mi cuento/reflexión acerca de los monstruos creados por el miedo hubiera sido la llave que abrió la caja de Pandora y la fragua de Vulcano, y que por una carambola del destino la profusión de lava fuera finalmente a beneficiar a los que más lo necesitaban. Durante ese exiguo lapso llegué a sentirme casi un héroe con capa.
Pero el subidón me duró muy poco. Ese mismo día, los que se suponen que más saben de todo este lío de los volcanes se encargaron de publicar una nota aclaratoria en la que, contraviniendo mi deseo, sugerían que la erupción de la Restinga debía explicarse sólo mediante modelos de nombres molones, tales como la teoría de punto caliente o la de una tal pluma térmica. Una pena, porque yo hubiera preferido que el culpable hubiese sido el Destino en persona, liderado por mi ego disfrazado de Capitán América.
Después de todo eso, recé una vez mi mantra y seguí con mi intensa labor minera. Prometo que lo próximo que escriba sea algo más entretenido.

domingo, 16 de octubre de 2011

El Mantra

Robert Crumb proponía, a través de su estrafalario personaje Mister Natural, un mantra infalible para alcanzar la perfección y, de paso, la felicidad absoluta. La fórmula espiritual crumbiana venía a ser algo así como “Ohket ont okes oy”, y el barbudo y rechoncho gurú recomendaba repetirla tantas veces como fuese necesario, hasta que el sujeto en cuestión llegara a entender sin ambages el mensaje exacto del soniquete...
Doy fe de que, si lo repites muchas veces, tarde o temprano llegas a comprender el recado (incluso yo, que no soy un iluminado, hace ya tiempo que lo capté, y tengo que admitir que acabé adoptándolo para usarlo cuando algo me sale mal). No garantizo, sin embargo, que alcanceis siempre el nirvana...
Sed buenos y repetid el mantra.

sábado, 8 de octubre de 2011

Cirilo o la Razón de la Fuerza (Nanonovela en cuatro líneas)

- Hipatia, Hipatia ¿quién te mató, Hipatia?
- Me mataron los "buenos" poniéndole puertas al campo.


(¡Qué tonto eres, Cirilo!: creías que con tu crimen ganarías el cielo y sólo has conseguido que la gente te tema). Fin.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Mi amigo Luis Felipe

Hace ya casi un año me pidieron que escribiera una editorial dedicada a un gran amigo mío. Lo primero que se me ocurrió fue muy serio y formal y, después de una relectura pausada, lo tiré a la papelera. Ese no era mi amigo. Mi amigo es un brazo de mar que odia los homenajes, y yo no podía hacerle esa faena. Éscribí entonces lo que sigue pero... fue considerado demasiado personal, demasiado informal y nunca salió a la luz.
Hoy lo he rescatado. Allá va.

Nuestra portada está dedicada en esta ocasión a un pequeño (muy pequeño) geco caboverdiano que acaba de ser descrito para la Ciencia: Hemidactylus lopezjuradoi. Curiosamente su nombre latino hace referencia a un hombre grande (muy grande).
Luís Felipe López Jurado, el presidente electo de la Asociación Herpetológica Española, desde diciembre de 1989 hasta el mes de octubre de 1997, es un tipo no diré que atractivo, pero sí entrañable… aunque su gran volumen, su voz de tenor capaz de dar el do de pecho, y sus maneras políticamente toscas le hayan hecho acreedor -entre los que lo conocen poco- de cierta fama de ogro feroz.
A los que, sin embargo, conocemos su inmensa capacidad de trabajo, su habilidad para adelantarse a los acontecimientos más inesperados y, sobre todo, su afinidad por las causas justas y su fidelidad sin condiciones, ese temor por el hombre grande (en todos los sentidos, …suponemos) nos produce una leve sonrisa de complicidad y un razonable "peor-pa-ellos".
Empezó en esto de la herpetología con las tortugas de tierra, los eslizones de la isla de Nueva Tabarca y otros bichos del sureste. Más tarde emigraría al desierto de Sonora, donde se dedicó a rastrear serpientes de cascabel muy cabreadas, a las que previamente había embutido con enormes emisores preconstitucionales, … y con la única ayuda de sus rollizos dedos. Todo un alarde de sangre fría y habilidad que, a pesar de los malos augurios proclamados por Tono Valverde -otro monstruo de la investigación y presidente en su día de la AHE-, nunca acabó en tragedia.
De México se trajo una tesis doctoral bajo el brazo y una sabiduría chamánica que le ha acompañado allá por donde ha ido y de la que sigue haciendo uso a diario. En su ya largo currículo se incluye el haber sido motor de la herpetología en España, impulsor de la conservación cuando la lista de anfibios y reptiles protegidos en nuestro país se resumía en tres especies, creador de centros de investigación y de alguna que otra ONG, y un explorador incansable. También se le conocen hazañas menos serias, como su participación (de estrangis, todo hay que decirlo) como piloto de rallies en un conocidísimo raid trans-sahariano, al volante de un Ford Fiesta de tercera mano cargado hasta los topes ¡Y todo para poder llegar a un lugar alejado de la mano de Dios donde se decía que había extraordinarios lagartos! Por cierto, que no quedó el último y llegó a adelantar -con gran jolgorio y toque de bocina- a algunos de los monstruosos 4 X 4 inscritos, ellos sí, en la competición oficial.
Luis Felipe es un tipo grande que, después de mil peripecias, ha vuelto a las tortugas de tierra, las mismas que en los setenta le hicieron abandonar sus estudios de medicina. Quiero proclamar por eso mi admiración por esos animalitos de andares pausados y caparazón abombado, que lo rescataron de entre los granos y las vendas para regalarnos a un tipo genial y a una fuerza positiva del universo.

martes, 27 de septiembre de 2011

La Traición

Mi enciclopedia escolar Faro, pensada y escrita por don Quiliano Blanco, reproducía en una de sus páginas los retratos esquemáticos de tres grandes inventores y científicos españoles, que demostraba de una vez por todas que si en este país hubieramos querido, no habría premio Nóbel que se nos hubiese escapado. Pero somos demasiado chulos para eso y siempre nos decantamos por el mucho más cómodo y relajado “que inventen ellos”.
Los tres sabios no eran otros que Isaac Peral, Juan de la Cierva y Miguel Servet, dos murcianos y un aragonés que, además de tener talento, coincidían en haberla palmado lejos de las fronteras patrias, mientras se buscaban la vida. Don Quiliano apostillaba además que Servet había sido asesinado a fuego por protestantes envidiosos de su ciencia, dejando entrever que el de Villanueva de Sigena poseía valores personales muy cercanos a los del glorioso Movimiento Nacional.
Para un niño medianamente obediente como fui yo, las palabras de don Quiliano no tenían por qué ser puestas en duda, y a los ocho años tenía la certeza absoluta de que no quedaba lugar en el cielo para protestantes, melenudos y comunistas. Pero a los quince empezaron a entrarme las dudas, y con diecisiete todo se volvió del revés, como un guante. A esa edad, con el Tío Paco bajo tierra y tocado ya con una melena leonina, casi llegué a estar seguro de que los únicos que podían llegar a tocar el cielo -el cielo proletario, claro- debían seguir a pies juntillas el Libro Rojo de Mao, y que todo lo que era católico o español era malo, olía a rancio o estaba apulgarado.
Por simple regla de tres, luteranos, anglicanos o presbiterianos -aunque confundidos- debían hallarse bastante cerca de la verdad, ya que no podía ser casual que los paises protestantes gozaran de más libertad, ganaran más medallas en las olimpiadas y fueran más rubios... Pero pasaron los años y un buen día cayó en mis manos la traducción de un texto sacado de Christianismi Restitutio, la misma obra en la que Servet contaba lo de la circulación pulmonar. Lo que allí se decía venía a ser diametralmente opuesto a lo que sugería mi enclopedía Faro, y hacía que don Miguel Servet pareciera un protestante de tomo y lomo.
Pero si eso era verdad ¿También lo era que hubiese sido quemado por los suyos? Y me puse a leer... Lo que finalmente deduje resultó ser mucho más espantoso de lo que hubiera podido imaginar, y ahora confío aún menos, si cabe, en el Homo sapiens en general y en la Confederación Helvética en particular.
Haciendo un rápido resumen de su vida diré que Miguel Servet fue, antes que nada, un imprudente que nació en 1511 de padre de ascendencia noble y de madre judeoconversa, que recibió una esmerada educación y que a la edad de 19 años ya formaba parte del séquito de Carlos V, de cuya coronación fue testigo. Más tarde seguiría viajando por Europa y entró en contacto con pensadores de todos los colores y tendencias. Poco a poco llegó a la conclusión de que católicos, luteranos, anabaptistas o jansenistas tenían razón en algunas cosas, pero se equivocaban en otras... y, por supuesto, recibió hostias de todos ellos.
Escribió entonces su De Trinitatis Erroribus, una obra en la que se decantaba abiertamente por un panteismo de cuño propio, tan alejado de Roma como de la Reforma, y en la que buena parte de sus páginas estaban dedicadas a ridiculizar la figura de la Santísima Trinidad. Como buen chico que era, le mandó un ejemplar al obispo de Zaragoza para que se lo corrigiera, pero el prelado no sólo no le mandó las correcciones, sino que vino a decirle que como lo pillara le iba a meter un paquete que se iba a enterar.
Acojonado por las amenazas, decidió cambiarse el nombre pero, como no era muy espabilao, eligió el apodo más tonto que encontró: Michel de Villeneuve (Michel por Miguel y Villeneuve por su pueblo, Villanueva de Sigena). Confiado bajo la “protección” de su nueva identidad, se fue a Lyon y encontró trabajo como ayudante del médico Sinforiano Champier. El doctor Champier debía ser un gran tipo, ya que le enseñó todo lo que sabía sobre medicina e incluso llegó a recomendarle para que siguiera estudiando anatomía y cirugía en la Sorbona, donde conoció a médicos, matemáticos, filósofos y a un tal Jean Cauvin, más conocido en España por el nombre de Calvino.
La vida parecía irle bien, pero Miguel era culo de mal asiento y empezó a soltar inconveniencias que le hicieron bastante impopular entre profesores y alumnos del claustro parisino. Viéndolas venir, regresó a Lyon donde volvió a jugar con fuego, al aceptar convertirse en médico personal de Pierre Palmier, arzobispo de la iglesia católica que, recordémoslo, lo seguía teniendo en busca y captura. Desde la misma guarida del lobo y en secreto, escribió Christianismi Restitutio, su obra cumbre, en la que insistía en la inconsistencia de la Trinidad, y en su visión panteista a través de la divinidad del hombre, a la vez que criticaba abiertamente el bautismo de niños por tratarse, según él, de un acto que sólo tenía validez si era aceptado voluntariamente.
Con la obra ya acabada, Servet le envíó el manuscrito a Calvino -convertido ya en ayatollah de la república teocrática de Ginebra- para que se lo corrijiera, y este se lo devolvió repleto de anotaciones y acompañado de su propio libro Institutio religionis Christianae, para que aprendiera.
Tampoco esta vez pudo mantenerse quieto el imprudente aragonés, y devolvió a su dueño la obra cumbre del Calvinismo garabateada y llena de correcciones. Juan Calvino, que no llevaba muy bien eso de que le enmendaran la plana, montó en cólera e inmediatamente envió una carta al arzobispo Palmier (su enemigo jurado en la vecina Vienne), comunicándole que Michel de Villeneuve era en realidad un seudónimo del hereje Servet.
Enterado de la putada gracias a su antiguo amigo Champier, Miguel Servet salió con lo puesto de Vienne d''Isère en dirección a Italia, pero... era demasiado curioso, demasiado impulsivo, demasiado imprudente, y hacer un alto en Ginebra para ver de cerca y en primera persona lo que allí pasaba no le pareció una idea tan peregrina.
Miguel fue reconocido y capturado en el Sancta Sanctorum de los reformistas, donde fue horriblemente torturado y mutilado durante semanas, a veces por la mano misma de Calvino. Mientras tanto, un tribunal católico lo condenaba en rebeldía en la ciudad de Lyon y su efigie era quemada en la hoguera. Pocos días más tarde, el 27 de octubre de 1553, el tribunal calvinista hizo lo propio y Servet fue quemado vivo, esta vez en cuerpo y alma.
En definitiva, Miguel Servet fue un médico y reformista cristiano que murió por ser un pardillo confiado e imprudente, que decía ingenuidades tales como que Cristo es una prolongación del Padre que no tiene sentido sin el Padre -frente a católicos y calvinistas que siguen afirmando aquello tan musical de que Dios es uno y trino-, que Dios está presente en todo el universo, incluido el cuerpo de los hombres, o que su santidad alcanza cada rincón de la anatomía humana gracias a la circulación sanguínea pulmonar. Lo mató un tal Jean Cauvin, un iluminado ascendido a papa de la iglesia Reformada de Ginebra y un enfermo de soberbia, que no pudo aguantar que un pobre médico que jugaba a ser teólogo le hiciera algunas observaciones ingenuas que podían poner en duda su autoridad. Don Quiliano Blanco tenía al menos razón en lo de que Miguel Servet fue quemado por los protestantes, aunque se le olvidó decir que no fue precisamente por su ciencia y que los católicos no lo hicieron antes porque se les escapó.
Reivindicando aquello de que mal de muchos consuelo de tontos, tal vez lo único positivo de toda esta historia sea el hecho de que los españoles en particular y los católicos en general, no fueron los únicos cabrones del orbe, lo que nos deja a nosotros -sus descendientes- tan limpios (o tan sucios) como el resto. Ya sé que todo esto pasó hace ya casi cinco siglos y que no merece la pena seguir metiendo el dedo en la llaga, pero..., piénsenlo bien, y díganme con la mano en el corazón si no eran (somos) todos unos gilipollas.

lunes, 26 de septiembre de 2011

La Escuela de Don Francisco

Recién llegado de Francia y habiendo probado ya los métodos de la escuela republicana, mi primer contacto con el sórdido sistema de enseñanza español fue, sin exagerar demasiado, un choque bastante duro. Yo, que había sido el ojito derecho de Madame Caillequirie en el colegio de la rue de la Victoire, aterricé bastante avanzado el curso 67/68 en la escuela de don Francisco, un tipo rechoncho de bigotillo facha y dotado de un don especial: el de repartir hostias como panes, sin despeinarse.
La escuela de don Francisco era, por decirlo en pocas palabras, una mierda. Ocupaba los bajos malolientes de la barriada de Santa Julia, a dos pasos de la Cruz de Humilladero, y estaba organizada en dos clases. La de los mayores tenía varias ventanas enrejadas que miraban al Camino de San Rafael, y en días lectivos daba cabida a un centenar de niños y niñatos de entre once y doscientos años. Mi clase -la de los pequeños- daba a una plazoleta interior que servía a la vez de patio de recreo de la escuela y de almacén trasero del bar Mari Pepa.
Como una trinidad de poderes fácticos, la estancia estaba presidída por una foto del general Franco de color sepia desvaído, un crucifijo sin gimnasta y una batería de palos dedicados a escarmentar a niños rebeldes o simplemente zoquetes, que los mismos alumnos debían reponer regularmente a medida que se partían. Desde el estrado a la puerta se disponían unas doce bancas corridas, cada una de las cuales era a la vez escritorio y reposadero de unos nueve o diez niños de edades y cursos variados. La pizarra ocupaba todo el pasillo lateral, de modo que cuando don Juan -el maestro de primaria- escribía con la tiza, todos debíamos mirar hacia la izquierda, retorciendo más o menos el pescuezo de acuerdo a tu posición.
Don Juan era joven, grande, fondón, medio calvo, y sus gafas eran como dos lupas que le hacían los ojos enormes y la mirada poco inteligente. Pretendía ser mejor persona y maestro que don Francisco, pero era un hombre impaciente y colérico cuyo método pedagógico era, en el mejor de sus días, estúpido.
Los niños eran, en general, poco aplicados y aún menos aseados. Recuerdo en concreto el terrible olor que invadía el aula el siete de junio de mil novescientos sesenta y ocho; ese día el maestro intentó iniciar la clase con un responso por el alma de Robert Kennedy, que la víspera había sido asesinado en la ciudad de Los Ángeles. Mediado el Padrenuestro, y cuando iba ya a arrancarse con aquello de “... y perdona nuestras deudas...”, don Juan levantó la cabeza y con un grito de indignación que cogió desprevenido a todo el mundo, dijo “¡hijosdeputa, sois todos unos cerdos!” Luego salió indignado por la puerta, y no volvió hasta después del recreo cuando, armado con un palo más grande de lo habitual, destrozó la mano de Camino, el hijo mayor de un funcionario de colonias y de una guineana, que ese mismo año había venido de Fernando Poo. Sin ningún pudor, don Juan hacía responsable principal del hedor reinante en la clase al color tostado del niño. Puedo jurar, sin embargo, que el mulato no era, ni de lejos, el alumno más apestoso de la clase.
Nuestro único libro de texto era la enciclopedia escolar “Faro, para alumnos en periodo de perfeccionamiento”, cuya primera página decía que había sido pensada y escrita por don Quiliano Blanco Hernando, y editada especialmente para el Concurso del Patronato del Fomento de Igualdad de Oportunidades. En letra muy pequeña decía también “para niños de 10 a 12 años”. Yo tenía por entonces sólo ocho...
En las 730 páginas del libro, don Quiliano tocaba todos los palos y le metía mano por igual a los quebrados, las divisiones y las raíces cuadradas, a la religión católica, la geografía de España, las Ciencias Naturales, la Historia o la Lengua Española, reservando un buen puñado de páginas a la formación político-social y a la exaltación del Caudillo, la FE de las JONS, Ramiro Ledesma, Onésimo Redondo y a otros padres del Glorioso Movimiento.
En sólo tres meses llegué a hacer barbaridades inimaginables para madame Caillequirie y su esquema de aprendizaje en libertad, igualdad y fraternidad. Sin ir más lejos, aprendí de mi amigo Paquito Espina todas las trampas posibles en los principales juegos de azar practicados en el colegio, mi mano derecha soportó algún que otro palo como castigo a mi insolencia, e incluso llegué a pegarle mis primeras caladas a un cigarrillo sin filtro.
Debo confesar que ahora me resulta difícil encontrarle un lado positivo a mi estancia en la escuela de don Francisco, pero durante ese corto periodo perdí mi acento francés, crecí cuatro centímetros y fui promocionado a cuarto curso. Un par de días más tarde, sin embargo, alguien se percató que, con mis ocho añitos recién cumplidos, el curso que en realidad me correspondía empezar era el que acababa de aprobar...
Al año siguiente tuve que repetir tercero en un colegio de un pueblo de Granada. Pero ese fue sin duda de más grato recuerdo, con sesiones infinitas de fútbol en la era, un buen maestro a la antigua usanza que, sin embargo, había desterrado por completo los palos y que nos hacía cantar cada mañana, dios sabrá por qué, una copla titulada “A raíz do toxo verde”. Nosotros a cambio le tratábamos con respeto pero sin miedo, y premiabamos su dedicación cantando a pleno pulmón la cancioncilla en gallego.
Pasado ya mucho tiempo desde entonces, y mirándolo ya todo desde la atalaya comprensiva y más objetiva de los años, creo que lo que realmente hacía aborrecible la escuela de don Francisco era -dejando a un lado la violencia- la mala elección de los tempos con los que abrir al mundo los sentidos de los alumnos sin acelerar la pérdida de su inocencia. Porque tal vez lo más importante que debemos retener del periodo escolar no son las ecuaciones o los pronombres, sino el hecho de que no hay ninguna prisa para dejar de ser un niño.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El Gobierno de los Psicópatas

El rabioso sistema neoliberal que domina nuestro bonito planeta desde hace ya bastante tiempo requiere para su funcionamiento de líderes a los que no le tiemble la mano cuando toman decisiones. En un mundo tan competitivo, la selección de esos líderes debe hacerse entre individuos intrépidos con encanto superficial que, dejando a un lado los remordimientos, sean capaces de resolver problemas “difíciles” sin despeinarse.
Por eso, para ser un buen “escalador” resulta muy ventajoso saber dejar aparcados los sentimientos y disponer de zippi-visión, ese mecanismo que te ayuda a ver a los demás como objetos que te rodean y están a tu servicio.
El buen funcionamiento de la empresa, a cuya cabeza se encuentran los líderes, es el objetivo. A cambio, el sistema permitirá que sus líderes muestren ciertos comportamientos extravagantes, y aplaudirá ciertas dosis de frívolidad e incluso de promiscuidad. Imagino que a su mente ya se han asomado varios ejemplos recientes.
Ustedes me dirán ahora que en los tres párrafos que anteceden a este, todo resulta obvio y que no he escrito nada nuevo. Pero si yo les recuerdo ahora que entre los principales síntomas de la psicopatía se encuentran la ausencia de remordimientos, la carencia de empatía hacia tus semejantes, el egocentrismo radical, la “cosificación” de los demás, las carencias emocionales, los trastornos de la personalidad, la extravagancia, la promiscuidad y la ausencia de culpa, convendrán ustedes conmigo en que tenemos un problema.
En un mundo como el nuestro, un tipo normal y honrado nunca podrá competir con alguien que es así por naturaleza. En todo caso, sólo podrá llegar a imitarlo. Por eso nuestros parlamentos, nuestras empresas y, en general, todos los centros de poder se están convirtiendo en sobredimensionados depósitos de psicópatas. Es lo que el psiquiatra Andrew M. Lobaczewski ha denominado “patocracia”, un sistema paradójicamente injusto que busca el malestar generalizado y la infelicidad de la mayoría de los ciudadanos.
En este “gobierno de los psicópatas” todo queda justificado con el bienestar de los iluminados que siempre creerán ser merecedores de lo que les ocurre. Se admiten propuestas dirigidas a evitar toda esa mierda.