martes, 8 de enero de 2013

Me Cago en el Diezmo

Se nos pasa la vida haciéndonos pajas con la ingeniería civil y soñando con volar en Ryanair a Cancún. Se nos olvida casi siempre, sin embargo, que las grandes obras de Kefrén, Gaudí o Santi Calatrava sólo fueron posible porque unos pomposos gilipollas con aires de grandeza decidieron dotarse de una mansión, de una tumba o de un puente aún más aberrante que el de sus también pomposos vecinos, demostrando así que habían exprimido con más eficacia a sus obreros en la fábrica textil, a sus payeses en las crecidas del Nilo o a sus estúpidos votantes. Y se nos olvida, finalmente, que para que un tontolaba pueda volar barato a la Riviera Maya, otros tendrán que subvencionarlo con sus impuestos o sus salarios de miseria.

Nacimos pa vivir en grupos pequeños en los que todos se conocieran por el nombre de pila, dónde las leyes fueran pocas y justificadas. Y sobre todo nacimos pa cazar y recolectar, pa no tener caries, ni tiranos constructores de pirámides. Por eso no quiero rey, pero tampoco república. Sólo cerveza con tapa.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Almendras Dulces

   Cuando cumplí ocho años alguien con ganas de hacer soñar a un niño me contó que cuando las niñas de mi edad -esos seres con trenzas que hasta ese día sólo habían demostrado servir para reírse de uno- comían almendras, sus pechos iniciaban una extraordinaria metamorfosis, mucho más cercana a la de las diosas del Olimpo que a la que sufrió el pobre Gregorio Samsa junto a las gélidas orillas del río Moldava. Por supuesto, yo por entonces no sabía casi nada de los vaivenes de la mitología latina o de la justa y absurda desesperación kafkiana, pero recuerdo haber sentido en mi cabeza que un millón de nuevas sinapsis se encendía cada vez que imaginaba cómo unos pezones femeninos podían llegar a levantarse, cual espina del Monte Pelée, ante el simple olor de un fruto seco.
   La toma de conciencia de aquellos movimientos telúricos, presagio de pubertad, hubiera quedado ahí si no fuera porque, poco después de ese día, mi abuela decidió -por pura casualidad- embarcarme en una gira campestre cuyo objetivo principal consistía en ver de cerca lo que más se parecía a un campo cubierto de nieve en una comarca en la que jamás nevaba.
   Aquella mañana de enero la comitiva quedó formada por mi abuela Pepa –pastelera y diligente cabecilla de grupo-, mi abuelo Miguel -panadero y pelotari jubilado-, mi tía Pepita -mujer desafortunada, buena y de escasa estatura-, mi hermana Esperanza -el alumno con trenzas más aplicado de la clase- y yo -atónito aprendiz de humano-. Salimos temprano de casa cargados con bolsas repletas de víveres que mi abuela y mi tía habían empezado a cocinar a las cinco y media de la mañana a base de fuego de butano y mucha risa. Entre mantas de cuadros, que luego harían las veces de manteles rastreros, se escondían como tesoros miles de fiambreras de tamaños y formas variados repletas de pescadillas rabiosas enharinadas y pasadas por la sartén, crujientes berenjenas rebozadas, una gallina preparada en pepitoria, pimientos verdes asados con mimo en la carmela, una simple aunque sublime ensalada de tomate, cebolla y perejil aliñada únicamente con aceite de oliva y sal gorda, la ineludible y lustrosa tortilla de patatas, una coliflor cocida, una ración bien despachada de caracoles que la víspera yo mismo había comprado en el bar Chiqui, un par de salchichones de Cártama, cuarto y mitad de mortadela de casa María cortada en rodajas, la mitad de un queso de cabra, una botella de tinto, otra de gaseosa, veintitantas naranjas guachintonas, dos panes blancos y todos los roscos que habían sobrado por Pascua.
   Uno tras otro, y con la disciplina del ejército de Alejandro, llegamos a las antiguas atarazanas, donde embarcamos a bordo de un no muy viejo aunque destartalado autobús de marca Karpetan tripulado por un chófer bigotudo y un cobrador excesivamente hablador y desdentado que decía residir en una casita con huerto de la barriada del Conde de Ureña (como si eso le importara a alguien…). Con el runrún del cobrador charlatán y el cabreo consiguiente de mi abuelo, que no soportaba a los papanatas, el viaje se hizo corto y las paradas fueron pasando deprisa hasta llegar al canódromo, un viejo establecimiento casi en desuso que ya lindaba con el campo.
   Con el mismo orden que habíamos subido al autobús, pusimos entonces rumbo a la venta de Juana Martos siguiendo la carretera antigua de Casabermeja y, entre bromas y canciones, nos internamos por un valle pelado por las cabras y el invierno. Había que darse prisa, porque teníamos que llegar antes del mediodía ya que,  según mi abuela, esa era la hora en la que los almendros florecidos irradiaban salud y curaban algunos males que los médicos no sabían atajar. Y no es que mi abuela Pepa creyera en hechicerías y curanderos. No. Es que a su manera era una romántica empedernida, empeñada en buscarle siempre el lado mágico y hermoso a las cuestiones más triviales.
   Cada curva de la estrecha carretera parecía esconder ese paraíso prometido que deseábamos descubrir con ansia, pero a cada recodo siempre le seguía otro tan enigmático como el anterior o, en el mejor de los casos, aparecía un camión de cerveza Victoria que volvía de vacío. Cuando por fin pudimos divisar la venta, la imagen que se clavó en mis retinas resultó superar cualquier expectativa.
   La de Juana Martos era una fonda cortijera de muros encalados, con dos plantas de techos altos, seis grandes ventanales enrejados pintados de color verde vejiga, una puerta rematada por un reclamo de pepsicola y un tejado a dos aguas coronado por tejas de solape. Delante de la fachada principal había dos grandes eucaliptos cuya sombra se antojaba deliciosa en los meses de julio y agosto pero que ahora, en pleno invierno, resultaba mucho menos grata. Por el contrario, el hilo de humo bailarín que salía de una chimenea medio caída permitía imaginar el ambiente cálido del interior, perfumado por las botas de aguardiente de Ojén, los vinos generosos y las aceitunas recién partidas. El corral era amplio y ocupaba una terraza teñida de verde por las vinagretas que las lluvias caídas en Navidad habían hecho brotar con fuerza, y que ese día sólo daba cobijo a un tractor medio desarmado y a un par de gatos negros que dormitaban entre serones viejos. La estampa tenía su encanto, pero lo que resultaba realmente extraordinario del lugar era el intenso fogonazo de luz que transmitía el millar de almendros en flor que rodeaba la venta. Era como un sueño de colores en medio del ocre infinito.
   Mi hermana y yo abandonamos nuestras bolsas y salimos en estampida dispuestos a revolcarnos como animales en la yerba y a lanzarnos grandes terrones entre los gritos desaprobadores de la tía Pepita y las carcajadas de mi abuela. Apenas faltaban diez minutos para las doce y mi abuelo atravesó la puerta de la venta con la idea de pedir permiso para plantar las mantas y almorzar en el campo de los almendros. Cinco minutos después salió con una sonrisa provocada por el visto bueno del amo y por el vasito de pajarete que acababa de meterse en el cuerpo, y mi abuela empezó a desplegar las mantas.
   No me extenderé demasiado en describir cómo deglutíamos con apetito cualquier vianda que se nos pusiera a tiro, pero sí que añadiré que parecíamos gusanos de seda hambrientos y felices devorando, uno tras otro, el contenido de las fiambreras y que, cuando finalmente dimos por acabado el festín, pasamos al interior del local donde mis abuelos y mi tía tomarían café.
   Por dentro la venta era oscura y cálida, y su penetrante olor a caldos antiguos, a uvas moscatel de Alejandría y a madera quemada no se apartaba un ápice de lo esperado. A un lado se encontraba el mostrador de material contrachapado que se alineaba a lo largo de todo el ancho de la sala y que se prolongaba en una cocina iluminada con fluorescentes de la que salían vapores de callos, de escabeche y de sopas perotas. En el otro extremo habían colocado un viejo chubesqui de hierro colado que, alimentado con cáscaras de almendras, mantenía una temperatura caribeña que evocaba ajo blanco y bienmesabe por la naturaleza del combustible. A la izquierda del chubesqui se apilaban varias toneladas de cáscaras, mientras que a la derecha estaba sentada Estrella, la hija mayor de Juana Martos, con una teta descomunal fuera de la camisa y un niño enchufado y feliz que aprovechaba la ocasión para buscar con su manito la otra teta. Aquella imagen casi religiosa, en la que se entremezclaban la Virgen María y la Santísima Trinidad, golpeó con furia los lóbulos occipitales de mi cerebro y empecé a sentir que el corazón me bombeaba sangre a borbotones en dirección a la entrepierna.
   No era preciso ser un genio para concluir que aquellos senos benditos e inmensos habían sido tocados por la semilla del almendro, que el universo entero giraba alrededor de  la máxima “de lo que se come se cría”, y que aquel paraje -ahora oculto bajo las aguas del embalse del Limonero- era en realidad el mismísimo jardín del Edén. Decidí no contárselo a nadie porque temía que me tomaran por un niño maleducado y sacrílego, y salí corriendo de la venta con la cara roja como un tomate y las manos escondiendo la bragueta. Los mayores me miraron pasar sin soltar el vaso de café, se encogieron de hombros y nunca llegaron a ser conscientes del momento tan místico y espiritual que estaba ocurriendo.
   Ya en la calle, el frío viento de enero llevaba en volandas un millón de pétalos blancos que subían y bajaban con los remolinos que acariciaban mi rostro de niño que deseaba dejar de serlo. En ese momento cerré los ojos, alcé los brazos hacia el cielo y dejé que me embargara la sensación de que cien doncellas apretaban sus pechos contra el mío, siguiendo el mismo ritmo de los latidos de mis pequeños y lampiños genitales.
   Aquella experiencia ascética acabó en el preciso momento en que mi abuela se acercó para recordarme en voz baja la inmensa suerte que habíamos tenido por haber recibido tal cañonazo de salud. Y debía de ser verdad, porque nunca he vuelto a sentirme mejor que aquel día. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Una Ayudita para seguir la historieta del Volcán de Bellver sin perderse demasiado

La historia del Volcán de Bellver incluye, como ya os habréis imaginado, varias metáforas concéntricas. La primera es una obvia alegoría a esa crisis de la que hablan los períodicos, un feo asunto cuyo origen todavía no veo claro pero que está poniendo al descubierto todas nuestras miserias. Hablo de una sociedad enferma de codicia, que abandona a los más débiles cuando más ayuda necesitan, hablo del sálvese quien pueda, de los oportunistas que negocian en el río revuelto, de los aprovechados que señalan con el dedo a culpables que no lo son, o de los listillos que usan como cebo  las vísceras de incautos imbéciles para construir su propio paraíso.
También me refiero a la amistad, buscada o no, como único motor viable de las relaciones humanas, ese vínculo que se olvida de circunstancias tales como tu origen, el color de tu piel, o tu lengua materna, para centrarse en contemplar el paso de la vida con una cerveza en la mano, y sin otro objetivo preciso que el de observar, escuchar, contar historias ... y organizar torradas. Y sin salir de la esfera de la amistad, una reflexión sobre uno de los inconvenientes del paso de la vida: el envejecimiento y la muerte.  
He elegido para ello un barrio de Palma, el mío, que dicen que una vez fue el centro del mundo y que ahora no es, como diría Brel, ni la sombra de su sombra. Un barrio del que se fueron hace ya mucho tiempo Rusiñol, Rubén Darío, Cela, Errol Flinn, Jimmy Hendrix o Ava Gadner, y que ahora da cobijo a los afterhours más cutres del orbe. La mítica Polilla, la Yedra, el Tamtam, el Santuario ... locales únicamente frecuentados por escoria autóctona o venida de fuera, por putas gordas que no saben que lo son y por camellos de medio pelo. Calles con nombres de poetas y pintores que un día vivieron por aquí (Graves, Joan Miró, Camilo José Cela, Bernanos...), ahora preñadas de analfabetos virtuales y de aprendices de malotes que buscan refugio en tapaderas evidentes (Fight Club, Billar Dominicano). Y en medio de todo este caos, la Quarantena (Cuarentena), una isla de verdura diseñada en los años en los que crecían salchichas de los árboles por un jardinero bien motivado, un agujero de gusano que comunica mundos paralelos y un oasis en el que se reúne gente del barrio para hablar y contar historias al amparo de una cerveza. 
Por si quereis leer algo más acerca del Terreno, el barrio el que se desarrolla la historia, os recomiendo el artículo incluido en el link

jueves, 22 de noviembre de 2012

Los Pies de Matías Romero


Matías Romero acababa de emanciparse, tenía veinte años, buenas costumbres y muy poco dinero. Residía en un cuchitril de mala muerte en el último piso del 24 de la calle San Esteban, una buhardilla con dormitorio, cocina y retrete que carecía de bañera o plato de ducha. Por esa razón, y con objeto de poder llevar a cabo abluciones al menos dos veces en semana, Matías decidió apuntarse a un gimnasio.

Eligió uno que había junto al bar de Paquita Caracoles -el garito más pintoresco de la ciudad- porque estaba cerca de su casa y porque le habían dicho que allí se ligaba una barbaridad. Sin embargo, en poco más de un año como usuario del gimnasio lo único que consiguió pillar fue un tremendo pie de atleta. Como a pesar de los polvitos aquello no remitía, el muchacho decidió pedir cita en la consulta de un dermatólogo de la calle Alhóndiga que le había recomendado el mismo amigo de un amigo que antes le había recomendado el gimnasio (pensaréis -con razón- que Matías era un tipo imprudente, pero en su descarga diré que, a pesar de sus veinte primaveras, todavía andaba sumergido en la edad del pavo).

El consultorio del doctor Quiñonero estaba ubicado en una casa antigua, de las de cancela de hierro y baldosines trianeros, con una entrada presidida por una Macarena asomada a un balconcito flanqueado por dos farolillos de latón y cubierto por un baldaquín de la misma aleación. El recibidor era desangelado y frío, con una solitaria bombilla de sesenta vatios y paredes salpicadas de grandes manchas de humedad que alguien había intentado disimular colgando varios títulos apulgarados y emitidos antes de la guerra de Crimea por la universidad de Tübingen.

La recepción corría a cargo de una señora vieja y coja disfrazada de enfermera que hacía juego con la pared y que se había refugiado detrás de una mesa tan vieja y coja como ella. Sobre la mesa sólo había un teléfono de baquelita, una agenda de piel negra y un lápiz, mientras que debajo se escondían dos estufas eléctricas que, más que calentar la sala, hacían que las tres grandes varices de la pierna derecha de la vieja latieran alternativamente, dando la sensación de que la señora estaba siendo parasitada por grandes y juguetonas sanguijuelas. La vieja miró al joven por encima de las gafas y le preguntó: ¿Tiene usted cita? Matías le contestó que a las cinco de la tarde y le dio su nombre. La señora lo comprobó en la agenda y entonces le sugirió que se sentara y leyera una revista para hacer tiempo.

La sala de espera era un pasillo tan mal iluminado como el recibidor y estaba dotada de tres sofás de cuero despellejado que alguien con poco gusto había alineado uno tras otro. Sobre los tres sofás seis pacientes de entre ochenta y noventa y tantos años esperaban sentados de dos en dos y hundidos hasta las orejas a que el doctor Quiñonero los recibiera. Así que Matías tuvo que buscar acomodo entre una señora obesa con sarpullido y un señor de pelo blanco al que le asomaban unas feísimas costras aceitosas por la bocamanga de la camisa. El muchacho cogió un ejemplar del Semana y lo fue hojeando sin dejar de pensar en cómo y por qué esos viejos habían pillado sus afecciones cutáneas.

El más joven de los seis carcamales era un maestro de escuela jubilado con el pelo teñido y engominado hasta el bigote, que vestía un traje azul marino de rayas diplomáticas mal combinado con mocasines de color marrón claro. El hombre mostraba una verborrea excesiva, presumida y disléxica, y llevaba un buen rato opinando -sin base alguna- sobre un conflicto familiar que la del sarpullido había sacado a relucir. Lo gracioso era que cada seis minutos -más o menos- adornaba su parecer con un “si dos no quieren uno no se pelea”, una versión confusa y tonta del conocido refrán castellano.

Cada vez que el hombre decía la frase, Matías se preguntaba: ¿Formará parte ese uno de la pareja pacifista o, por el contrario, será un tercero muy peleón al que los dos primeros iban a poner a caldo si no se avenía a razones? Al pensarlo con detenimiento, se daba cuenta de que ninguna de las dos opciones resultaba congruente, porque si el maestro de escuela se estaba refiriendo a la primera posibilidad, entonces la situación no podía ser más que el fruto de un malentendido en el que, en realidad, nadie andaba buscando pelea. Si por el contrario el segundo significado era el correcto, entonces nos encontrábamos inmersos en un bucle de difícil salida porque, para evitar la pelea, los dos forzudos -no se sabe muy bien por qué se los imaginaba forzudos- no les iba a quedar más remedio que hacer uso de su musculatura para detener al camorrista, con lo cual llegaríamos a la situación que pretendíamos evitar: la pelea, desigual pero pelea al fin y al cabo.

Cuando a las siete menos cuarto se abrió la puerta de la consulta ya sólo quedaba Matías en la sala de espera. Del interior del gabinete salió el señor de las costras aceitosas ajustándose el nudo de la corbata y tosiendo con profusión, y con un ligero movimiento de la cabeza y unas palabras ahogadas e inaudibles se despidió de los presentes. Mientras tanto una voz masculina, aunque aflautada y viejuna, pronunció el nombre del joven de los pies infectados. Matías dejó el Lecturas que en ese momento tenía entre las manos, se levantó y entró.

La consulta estaba montada en lo que en su día había sido el salón de la casa, una habitación de unos 15 metros cuadrados, con suelo de baldosas hidráulicas, techos adornados con plafones de escayola y dos ventanas enrejadas que daban a la calle Boteros. El mobiliario era el propio de un hospital de los años cincuenta, con vitrinas y archivadores de filos blancos, un perchero del mismo color y un escritorio niquelado con un cristal grande y rajado sobre el que se disponían libros y papeles sin ordenar. Como único detalle higiénico el cuarto disponía de un pequeño lavamanos de grifería roñosa.

Pero lo que llamaba de verdad la atención al entrar por primera vez en la consulta eran los centenares de fotos autografiadas de artistas, futbolistas y toreros que literalmente cubrían sus paredes. Retratos en blanco y negro de Lola Flores y Manolo Caracol, de Juanita Reina, de Imperio Argentina, de la Niña de los Peines, de Manolete, de Nati Mistral, de Rafael de León, de Antonio Ordóñez, de Guillermo Campanal con un balón de reglamento entre las manos o del general Queipo de Llano, cuya dedicatoria rezaba “Gracias Quiñonero por quitarme lo que usted sabe. Su buen amigo, Gonzalo”. Las dos únicas concesiones a los tiempos “modernos” eran las fotos en color de Biri Biri y de Rocío Jurado, que de forma voluntaria habían sido colocadas entre la vitrina de los apósitos y una de las ventanas, de tal manera que para poder llegar a verlas había que ser poco menos que contorsionista.

Por lo visto, todos los retratados habían pasado en alguna ocasión, y con problemas más o menos inconfesables, por la consulta de la calle Alhóndiga, y todos tenían allí y ahora su pedacito de pared y de gloria… Porque, al fin y al cabo, el doctor Quiñonero era el dermatólogo de los famosos, y si nunca te había curado unas purgaciones es que no eras nadie. Por eso, después de los primeros cinco segundos alucinando agarrado al picaporte, el médico le dijo a Matías: “Por la cara que pones, tú tienes que ser del Betis. A ver… ¿A ti qué te pica?”.

Matías asintió con una sonrisa nerviosa, porque el médico había acertado tanto en sus querencias futboleras, como en el hecho de que algo le picaba; luego -sin decir palabra- se descalzó y se quitó el calcetín, dejando a la vista unos dedos enrojecidos y llenos de grietas que despedían un olor nauseabundo. Gregorio Quiñonero que, además de centenario, era muy bajito, saltó del sillón para interesarse de cerca por el pie de Matías. Se puso las gafas de cerca y dijo “¡Anda! el clásico tinea pedís del gimnasio de la Puerta Carmona … supongo que también te habrás follao a alguna de las niñas de la Paquita ¿No? ¡Venga bájate los pantalones que te voy a curar esas purgaciones que te están comiendo por dentro…!

El atónito muchacho salió de la consulta del doctor Quiñonero con tantos hongos como había entrado pero, eso sí, sin gonorrea…, más que nada porque en su vida había echado un polvo. Seis meses más tarde, y durante un viaje al trópico, la micosis de Matías Romero se complicó con una invasión masiva de nematodos, y entre hongos y gusanos acabaron dejándoles el pie izquierdo con la forma, el color y la textura de un morcón de morcilla grande. Las dosis de caballo de tonaftato y tiabendazol que tuvo que ingerir para encontrar alivio también acabaron por dejarle el hígado como una bota vieja, y aún así un año más tarde todavía le quedaba un gusano del que finalmente se encariñó y al que bautizó con el pomposo nombre de Íñigo Bermúdez.

Cinco años más tarde, y ya totalmente repuesto de todos sus males, Matías Romero pasó por casualidad por la puerta del dermatólogo de la calle Alhóndiga, donde sólo encontró a un albañil de San José de la Rinconada enluciendo la pared de las humedades y los títulos de Tübingen. El obrero acabó contándole que don Gregorio Quiñonero andaba criando malvas desde hacía un tiempo y que un joyero de la Alfalfa había comprado la casa para una querida que tenía.

Matías echó un vistazo a través de la ventana que daba a la calle Boteros y comprobó que en las paredes no quedaba ni un retrato. Y lo hizo con verdadero sentimiento e incluso con pena, porque en aquel salón -ahora en obras- el doctor Quiñonero le había curado unas purgaciones imaginarias que le habían hecho sentir, por primera vez en su vida, que realmente era alguien.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El Cementerio de Tamagotchis

 
 
Los niños acostumbran a imitar a los adultos, y en eso Lucía no era diferente a los demás, ya que con cinco años se dedicaba a levantar piedras para ver lo que éstas escondían. Y era tanta la ilusión y el empeño en llevar a buen puerto su tarea, que los demás niños del barrio siempre la miraban con disimulo, extrañeza y un poco de temor, mientras que sus mal informados vecinos no alcanzaban a comprender cómo una niña tan pequeña podía ir siempre con tanta mierda en las manos.
Pero gracias a su extraña afición, Lucía podía alardear de ser la única del colegio -y probablemente de todo el pueblo- que había llegado a ser testigo del más formidable de los combates que la naturaleza puede todavía depararnos: el de una lagartija con librea verde contra la escurridiza culebrilla ciega, la más taciturna de las bestias que viven bajo la superficie de la tierra.
En un día tan soleado y frío de invierno lo más probable era que aquella piedra sepultada entre ortigas (como la memoria de Cernuda) sólo escondiera a un ejército de cochinillas y cortapichas, a algún hongo de esos que huelen a nueces, o a una semilla germinada, pálida y perdida en su camino hacia la luz. En vez de eso encontró algo bastante menos común que la tuvo un buen rato cavilando.
Uno era verde, el segundo azul, el tercero era rojo, el cuarto verde, el quinto amarillo, el sexto rosa y el séptimo y último, violeta, y todos estaban muertos. Eran siete tamagotchis alineados uno tras otro siguiendo la dirección del cercano sendero de Olivares, y cuya posición y estado dejaban entrever el respeto con el que una mano amiga los había ido sepultando.
Al principio el padre no entendía lo que le contaba la niña pero, conociendo sus aficiones y su buen gusto por todas las maravillas escondidas bajo piedras, no pudo evitar seguirla para ser testigo -él también- del más grande de los hallazgos que nunca nadie había llevado a cabo en todo el Aljarafe… después del tesoro del Carambolo, claro.  
Al principio supusieron que podía tratarse de los restos del naufragio de alguna expedición nipona, como aquella del embajador Hasekura Tsunenaga que, allá por el siglo XVII, tuvo que ser rescatada por los barcos de los Guzmanes frente a los bosques de Doñana y la Rocina. Luego se inclinaron por pensar que se trataba del mausoleo de Kikuchiyo, Kanbei, Shichiroji, Katsushiro, Heihachi, Kyuzu y Gorobei, los siete maravillosos y valientes samurais que, de la mano de Akira Kurosawa, vencieron a la más malvada de las cuadrillas de bandidos-banqueros especializados en el desahucio de pisos a campesinos y buena gente venida a menos.
Mientras padre e hija seguían imaginando historias improbables de shogunes apóstatas y terribles piratas chinos castigados por el escorbuto, Lucía intuyó la figura de un mirón detrás de los visillos de la ventana de la casa grande. Y puestos a imaginar, imaginó que el observador no podía ser otro que el propietario de aquellas mascotas virtuales ahora convertido, por su mala mano, en piadoso sepulturero.



jueves, 8 de noviembre de 2012

Mi amigo Henry (que en realidad se llama Philippe)


Mi amigo Henry sostenía con orgullo que podía pasar dos meses sin ducharse y calzando los mismos calzoncillos. También se quejaba de que siempre había tenido poca suerte con las mujeres, a lo que Tomás y yo respondíamos que tenía que perseguirlas con ahínco porque si algún día conseguía atrapar a alguna, ésta se le quedaría pegada para toda la vida. Mi amigo Henry nos hizo finalmente caso y cuando conoció a Loulou (que en realidad se llamaba Fanfán) corrió detrás de ella hasta que la pilló.
Hay que puntualizar sin embargo que, como la chica de Bézier (en realidad era de Lyon) estaba rellenita, el roce de sus muslos durante la carrera hizo que la temperatura de su entrepierna alcanzara con facilidad el punto de fusión del estaño. Este raro fenómeno físico determinó que pasados cien metros dejara de oponer resistencia y abrazara voluntariamente a mi amigo. El caso es que el día que Henry alcanzó a Loulou ambos quedaron unidos como las cintas de cierre de un velcro®.

Henry siempre se quejó de que Loulou no se parecía en casi nada a las chicas de los desfiles de Victoria Secret®, de que tenía demasiado carácter y de que los tres hijos adolescentes que ella aportaba al matrimonio eran unos tocahuevos sarnosos que le amargaban la vida. Sin embargo, los excesos que Henry había hecho a lo largo de su mal viajada vida terminaron pasándole factura y entonces Loulou le cuidó con mimo. Con los años los hijos de Loulou volaron del nido, a Henry le salieron el cariño y las canas y, creo que al final, la pareja unida como las cintas de Velcro® acabó siendo razonablemente feliz. Bendito sea el amor.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Más noticias sobre el volcán de Bellver

La televisión sólo emite música clásica y noticias de la erupción. El parte de las tres de las madrugada ha desvelado que los primeros temblores que precedieron a la creación del enorme cono tumbaron varias construcciones de la ciudad, entre las que se encontraba la torre de control del aeropuerto. El desplome del edificio en forma de platillo sepultó la sala de reuniones en la que en ese momento se desarrollaba un emotivo homenaje al que fuera ministro de Fomento, don José Blanco. La plana mayor de la empresa pública Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea yace ahora bajo tres mil toneladas de escombros, mientras que el cadáver del exministro ha podido ser reconstruido con mucha dificultad, después de que la turbina de un Boing 747 lo absorbiera. Descansen todos en paz.