domingo, 14 de agosto de 2011

Tobías


Tobías aprendió a leer en una escuela en la que también enseñaban que el respeto por el pensamiento ajeno era el axioma indispensable de una sociedad sana e inteligente. Como es natural, todos sus compañeros recibieron la misma enseñanza, pero Tobías fue el único que decidió convertirse en adalid de la tolerancia. Tobías era -por lo visto- el alumno más tonto del colegio.
Tobías solía caer bien, y sus defensas encendidas de los desvalidos eran generalmente premiadas con palmaditas piadosas en la espalda.
Tobías murió solo y nunca llegó a tener una calle con su nombre, ... ni puta falta que le hacía.

lunes, 8 de agosto de 2011

El ajoblanco

Ponemos un par de rebanadas de pan de pueblo en agua fría para que la miga se ablande. Cuando esté maleable, la apartamos de la costra y la reservamos.
Mientras, ponemos a hervir una olla con agua; ponemos las almendras en un colador y le echamos por encima dos o tres cucharones de agua hirviendo. Dejamos enfríar unos minutos y las pelamos.
Majar en un mortero los ajos y las almendras con un poco de sal. Luego añadir el pan remojado y hacer una pasta a la que le vamos añadiendo el aceite para que ligue. Se le añade entonces el vinagre y finalmente el agua bien fresca.

Vidas ejemplares II: San Cucufato.

En contra de lo que pueda parecer, a Cucufato no le cortaron los huevos. Era desde luego un tipo bastante friki, juzguen ustedes mismos. Nacido cristiano en el norte de África (como yo) de padre montado en el denario, se le fue la olla siendo teenager y decidió -junto a su hermano- emigrar a Hispania en busca de la salvación. Por lo visto se había corrido la voz de que en la Tarraconense hacían unos martirios dabuten, y allí acabaron con las entrepiernas húmedas.
Ya en Cataluña su hermano se hizo mosso d'esquadra (se dio cuenta que le iba más dar que recibir), pero Cucufato siguió erre que erre y empezó a tocarle las narices a todo prefecto del Imperio que se le ponía por delante. Primero fue Galerio, que lo entregó a doce robustos soldados para que le hicieran de todo. Pasaron las semanas y a Cucufato cada vez se le veía más y más radiante y feliz; por el contrario los soldados se habían consumido en su propia lujuria.
Le siguió Maximiano que lo metió en aceite hirviendo mientras él canturreaba salmos. Al final quedó como un pollo al ast . Entonces fue dios, lo tocó con su varita mágica y lo dejó como nuevo, mientras Maximiano -charnego de pro- se consumió de coraje.
A Maximiano le siguió Rufo, que no se anduvo por las ramas y mandó cortarle la cabeza. Se ve que dios no estaba ese día y allí acabó la historia del friki de Cucufato. Todo esto ocurrió en lo que hoy es Sant Cugat del Vallés y aunque no se lo crean, San Cucufato es el patrón de los jorobados (alucino con la Santa Iglesia y sus ocurrencias...). Festividad: 25 de julio.

Vidas ejemplares III: Santa Catalina de Siena, o cómo no dejar nunca de sorprenderse.

Santa Catalina de Siena, patrona de Italia, se casó místicamente con Jesús... Pero lo hizo con todos los honores. Según la tradición católica, Catalinetta tenía la hermosa costumbre de gritar y revolcarse mientras veía a la Virgen. En una de las visiones místicas, María le anunció que en breve se convertiría en su suegra, y le presentó al mismísimo Jesús; la boda se celebró con todo el boato y al final de la imaginada ceremonia el Mesías le hizo entrega de un anillo de carne, a la vez que le decía: “Recibe este anillo como testimonio que eres mía y serás mía para siempre” (sic). En realidad la sortija "orgánica" no era otra cosa que el santo prepucio... y la santa de Siena lo llevaría puesto el resto de sus días, aunque sólo fuera visible para ella.
Y Catalina murió y su dedo se transformó en reliquia (ver foto adjunta). Muchas beatas que lo adoraban llegaron a afirmar que veían con claridad el famoso anillo de carne. No somos nadie.

Landru vs Nivelle

Dicen que Henry Desiré Landru fue el mayor asesino en serie de la historia de Francia. Total, unas 300 aflijidas mujeres que la guerra del 14 había transformado en viudas. Una a una, fueron pasando de su amoroso regazo a la ya famosa "cuisiniere de Gambais", dando sentido a la macabra máxima "del polvo a las cenizas", atribuida a François Villon. Henry se deshacía de los despojos en los bosques cercanos y sólo guardaba los dientes de oro de las incautas y sus monederos. Luego volvía a París con su familia, a la que agasajaba y colmaba de bonitos regalos.
¿Era acaso un mal tipo ese Landru? Pues supongo que sí, pero desde luego no era peor que el general Nivelle, que en Verdún se había encargado de fabricar un cuarto de millón de viudas, algunas de las cuales acabaron por caer entre los brazos del asesino.
No vayan a creer que siento debilidad por el llamado Barbazul de Gambais, pero creo sinceramente que Landru fue hombre de su tiempo, como lo son ahora los encargados de ejecutar hipotecas o los que malvenden nuestros aeropuertos para pagar una pequeña parte de la deuda que generó su construcción.

Os traigo una historia de gigantes y paquidermos.

Supongo que os hará gracia que os cuente que cuando yo tenía doce o trece años, en el colegio cantábamos una canción cuya letra venía a decir:
En el África Oriental había un gigante que quería dar por culo a un elefante; el elefante, que no era del oficio, con la trompa se tapaba el orificio...”.
Y seguía, pero no recuerdo muy bien cómo.
Algo más tarde, cuando me hice mayor, tuve la oportunidad y la suerte de poder moverme casi a mi antojo por una región del mundo de la que mucha gente ha oído hablar, que no muchos han llegado a visitar y que aún menos conocen. Se trata del Sáhara (así, con acento en la primera a, y aspirando ostensiblemente la h).
Allí aprendí cosas tales como que un humano puede, si así lo recomiendan las circunstancias, entrar en stand by como un lagarto, que en ocasiones la palabra libertad coincide en significado y extensión con el vocablo inmensidad, o que la diversidad (otra palabra acabada en d) a menudo se esconde detrás de la monotonía.
Los hombres del desierto suelen recordarte con actitud altanera que los europeos sólo poseemos los relojes que lucen nuestras muñecas, y que son ellos en realidad los verdaderos dueños del tiempo. Desgraciadamente esa chulería está perdiendo poco a poco todo su significado, y moros de marea, tuaregs, o chaambas han acabado por unírsenos en ese triste viaje hacia la esclavitud de los relojes.
Lo que antes era gente, ahora es multitud; los camiones vuelan sobre las onduladas y transitadas pistas, y gente armada venida desde bastante lejos se apura en defender las fantasmagóricas rayas fronterizas. Tal vez el mejor ejemplo de los cambios sufridos por el desierto en las últimas décadas se encuentre en la historia que nos recuerda el triste final del famosísimo árbol del Teneré, el único en quinientos kilómetros a la redonda, que fue involuntariamente abatido por un camionero somnoliento... Casi da risa.
Pero entre pozo y pozo sobrexplotado, o junto a los oasis abarrotados, todavía hoy encontramos señales de lo que un día fue un territorio fecundo. Hermosas señales que pueden hacer soñar al más impasible de los mortales, y que van a permitirme volver a enganchar con el asunto de los elefantes jodidos y violados del principio.
Imagino que todos recordáis la novela titulada “El Paciente Inglés”, una dramática historia de amor en tiempos de guerra que hace unos años fue llevada al cine con bastante éxito. En uno de los vericuetos del relato, se nos describían las extraordinarias pinturas rupestres descubierta por el protagonista de la historia, entre las que destacaba la imagen de un antiguo nadador disfrutando de un refrescante baño allí donde ahora sólo queda roca y arena.
Desde la butaca de un cine, la historia del conde Lazlo Almasy y su descubrimiento puede antojársenos extremadamente casual, pero en realidad resulta bastante menos rara de lo que podéis imaginar, ya que las piedras del desierto esconden a menudo figuraciones grabadas por las manos de misteriosos garamantes, en las que aparecen representados paisajes pretéritos del Sáhara y excelentes retratos de su fauna.
Las bellísimas representaciones de jirafas ramoneando entre acacias, de hipopótamos y cocodrilos compartiendo charcas, de retorcidas batallas entre pitones y sus presas o de todo un elenco de actividades desarrolladas por los antiguos habitantes del Sáhara, nos recuerdan el vibrante pulso que llegó a latir durante el neolítico en el vientre de este ahora reseco rincón del mundo.
Pero de entre todos los grabados que he podido ver con mis ojos o que fueron cuidadosamente recogidos por otros que pasaron antes y después que yo, existe una impactante imagen que se repite a menudo en sitios tan dispares como las colinas de los Eglabs, el macizo de Sefar o las montañas de Mouydir. Se trata de la que representa a grandes elefantes africanos -generalmente en actitud amigable- en el momento de ser violados y sodomizados por humanoides de gran tamaño.
Podéis intentar imaginarme ahora delante de uno de esos grabados, señalando incrédulo la piedra con mi dedo, y con la cancioncilla de mis trece años golpeándome las sienes... Y podéis imaginar también la sonrisa condescendiente del guía, acompañada de unas palabras rácanas y paternalistas: Amérolquis, mon ami. Le grand Amérolquis!
Después de aquello, os aseguro que pasé dos días KO, y otros dos que le siguieron interrogando a viejos y no tan viejos acerca de la lúbrica imagen. Debo reconocer que el personal empezó a mirarme raro.
De aquellas pesquisas pude concluir que, aunque no eran muchos los que conocían el grabado que yo había contemplado, casi todos sabían algún cuento sobre el gigante violador de paquidermos. Pero los relatos eran tan numerosos y confusos que apenas pude hilvanar una historia coherente.
Después, he pasado años (de forma intermitente, claro) recopilando cualquier información que se me ponía a tiro sobre Amerolquís, y creo que en estos momentos ya estoy en condiciones de haceros un resumen más o menos razonable de su vida, de sus inquietudes, y de sus gustos. Espero -por vuestro bien- que vuestra amplitud de miras sea mayor que la de los imbéciles que acostumbran a destruir estas y otras imágenes en virtud de sus ortodoxas e ineludibles convicciones morales. A toda esa escoria sólo le deseo que ese dios al que dicen obedecer les haga arder eternamente en el infierno de la intolerancia y de la estupidez, y que tal suplicio sólo se vea interrumpido por las visitas del gigante Amerolquís, en esos días en los que va fuerte.
….
Amerolquís fue un héroe nacido en el corazón Sáhara (unos dicen que aquí, otros dicen que allá...). Según algunos, su llegada ocurrió en la época en la que las rocas eran blandas (no es broma, de hecho hay quien le hace responsable de que éstas adoptaran la dureza que tienen en la actualidad). Entonces los valles eran verdes, y los carros tirados por caballerías aún no se atrevían a recorrer los tres caminos que unían el Mediterráneo y la curva del Níger. Era un ser extremadamente libertino en su comportamiento, y su potencia sexual estaba fuera de lo común. Como corresponde a un gigante, su pene era enorme,... pero es preciso añadir que Amerolquís estaba bien dotado incluso para ser un gigante... Imagínense.
Cuando Amerolquís cantaba ninguna mujer, burra, vaca, o búfala podía resistirse a sus encantos. Algunos viejos con los que pude intercambiar algunas palabras y muchos gestos llegaron incluso a
confesarme por lo bajini y entre risitas que, ante la grave melodía que emanaba de la boca de nuestro insaciable amigo, ni los machos de esas y otras especies podían dejar de sentirse atraídos, y que finalmente también acababan empalados.
Ser poseída por el gigante dejaba a las mujeres (y a la burras) tan satisfechas que nunca volvían a fornicar con varón de su especie. Tampoco parece que pudiera quedar oportunidad para ello, ya que la extrema fecundidad de Amerolquís hacía que cualquier cana al aire acabara en preñez... Y este contratiempo traía consigo un problemilla asociado: el exagerado y violento crecimiento del feto en el seno materno determinaba que a las pocos días del coito el cuerpo de la mujer (o de la burra) reventara inexorablemente por un obvio impedimento estérico.
Una de las historias más festejadas por recitadores y oyentes de cualquiera de las seis tribus principales en las que tradicionalmente se divide la nación Imughah es la que empieza describiendo a una bella joven a la que el gigante había echado el ojo; esa misma mañana Amerolquís fue a ver a la madre de la doncella para pedir su mano. Pero la vieja, asustada ante el tamaño del galán y sus genitales, le negó toda posibilidad de esponsales. El gigante, entristecido, se ocultó entre los arbustos que rodeaban la charca a la que su amada acudía a diario, y en cuanto divisó el brillo de la luna reflejado en sus ojos no pudo evitar eyacular, haciendo que toda la laguna adoptara un tono lechoso. Como cada noche, la joven se sumergió para lavarse, en este caso acompañada de sus dos mejores amigas. Cuando las tres salieron del agua ya estaban preñadas, y sólo tres días después reventaron.
Apesadumbrado por saberse responsable de la muerte de sus amantes, tremendamente insatisfecho debido a su hiperactividad sexual y siempre dispuesto a perpetuar su estirpe, a Amerolquís no le quedó otra que aparearse con los animales de mayor tamaño de la región: las elefantas. Para atraerlas no dudaba en recurrir a sus artes musicales, cambiando sin excesivos problemas el transcurso migratorio de las manadas. Una a una iba montándolas, y ellas quedaban felices y preñadas de inmediato... pero ésto tampoco garantizaba que los partos llegaran a completarse ya que no eran pocas las elefantas que acababan también por reventar. Desde nuestro amanerado punto de vista moral, el gigante Amerolquís no es más que un monstruo baboso, incapaz de contenerse, y peligrosamente cercano a la figura del violador o del maltratador sanguinario. Pero no deberíamos precipitarnos en nuestro juicio... porque en realidad su sensibilidad y su inventiva llegaron a ser legendarias.
A veces representado con cuerpo humano y cabeza de licaón, a veces dibujado con rasgos negroides o incluso con el extraño aspecto de un alienígena (para enorme gozo de Von Daniken y otros cantamañanas), Amerolquís fue el inventor de la música y la poesía, creó instrumentos con los que acompañar sus canciones y, sorpréndanse, desarrolló el alfabeto tifinagh, el mismo que hoy en día siguen usando los pueblos bereberes en sus cartas de amor, sus testamentos o sus útiles grigrís. Sus hazañas y ocurrencias se conocen y se cantan desde las acantiladas costas del Río de Oro, hasta las mísmisimas orillas del Nilo, y sus hijos, engendrados cuando las manadas de elefantes aún se congregaban junto a las charcas del Sáhara, esperan ocultos a que las lluvias vuelvan.
Amerolquís fue sin duda el gran héroe civilizador de esa parte del mundo, una mente superior en un cuerpo enorme y sandunguero, así como un macho bien dotado correspondido por mujeres, burras y elefantas. Yo le recordaré de tarde en tarde con la famosa cancioncilla de mi niñez. Les ruego que no se ofendan.

Nota del Diario de a Bordo

Esta mañana por fin nos hemos atrevido. Después de que el pasado 31 de enero nuestra hadyook Pilar descubriera, por casualidad, el agujero de gusano que los nativo conocen como Jardí de sa Quarantena, hoy nos hemos internado en sus fauces. Ha sido, desde luego, el resultado de tres meses de arduos preparativos espirituales, … y de la copita de Machaquito que nos hemos mandado en ayunas.
En apenas ochenta zancadas hemos pasado del borrascoso planeta Gomila, poblado por híbridos malayo-basutos devoradores de kebabs, a Guiriland, el soleado universo paralelo.
La primera impresión -que, dicen, es la que vale- nos indica que los guiris -que así se llaman sus habitantes, tienen pieles lechosas, cabelleras rubias, pantalones cortos sobre piernas peludas, y sandalias con calcetines en los pies. Todos hablan lenguas extrañas -casi obcenas- y ríen a grandes carcajadas. En ocasiones, algunos mudan la color, hasta volverse rojizos. Otros, probablemente los de mayor rango, son de piel muy oscura, se protegen con cinco sombreros y hacen alarde de sus tesoros (generalmente gafas y relojes), restregándotelos por la cara sin ningún pudor. Por todos lados predomina el olor a coco, mezclado con mierda de caballo. Creemos que los guiris necesitan ingerir metros y metros de un tubo carnoso al que se conoce con el nombre de würste.
Espalda con espalda, hemos intentado encontrar, sin éxito, nuestro agujero de gusano. Pilar ha empezado a repetir insistentemente la palabra hambre, y hemos tenido que internarnos en un canal rotulado con las palabras S'Aigo Dolça.
Después de una subida endiablada, con curvas a derecha e izquierda, hemos aparecido maltrechos y casi exhaustos cerca del apeadero conocido como Camino del Mercadona, … ¡al fin, tierra conocida! De vuelta en nuestra nave nodriza nos hemos juramentado para no repetir esta desagradable experiencia. Fin de la grabación.