lunes, 8 de agosto de 2011

De los tesoros del Vaticano y otras yerbas

Hoy me he encontrado con una de esas iniciativas de facebook en la que se nos invita a unirnos a una masa que propone “Cambiar tesoros del Vaticano por comida para África”, y debo confesar que lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido una idea bastante pedante originada en mi deformado y “malthusiano” punto de vista.
Resulta obvio que regalar comida y antibióticos a punto de caducar son hechos que van a salvarle la vida de algún que otro nativo[1]. Con eso logramos un “tres en uno”: negrito vivo y contento, misionero satisfecho por el deber cumplido, y blanquito de conciencia inmaculada listo para seguir viendo “Gran Hermano” por la tele.
El problema comienza cuando empezamos a entrever que un indígena sanito y más o menos alimentao es también una fuente de nuevos nativos que más tarde o más temprano caerán enfermitos y pasarán hambre. Y vuelta a empezar. A primera vista, un problema de muy difícil solución.
Pero…, no, no se crean: alguien en internet cree haber dado con la respuesta (¡coño, si estaba a huevo!): hay que convencer a unos cuanto millones de internautas con mala conciencia para que firmen un manifiesto que obligue a la hipócrita Curia Vaticana a resolver, de una vez por toda, el problema de la pobreza con la ayuda de los tesoros de la Iglesia Católica.
Imaginemos por un momento que nuestro insigne Patriarca Benedicto (Venenito, para los que sois de Cádiz) finalmente accede a la caritativa propuesta, y encarga entonces la creación de un grupo de trabajo que la lleve a buen puerto. La primera tarea de la comisión debería ser la elaboración de un catálogo de posibles compradores, porque…, por si no habían pensado en ello, las obras de arte no se comen y habría que venderlas antes para conseguir pasta con la que conseguir víveres.
Aparte del hecho evidente de que, por la ley de la oferta y la demanda, el mercado del arte quedaría completamente saturado en pocos días, y las obras de “valor incalculable” podrían entonces conseguirse a precio baladí ¿Quién estaría finalmente en esa lista? Supongo que algún magnate ruso del petróleo, un par de jeques y dictadores, cuatro o cinco multinacionales (de las que contaminan mucho), un señor de la guerra del Cuerno de África y varios nuevos ricos de Shanghai.
Pongamos por caso que finalmente la venta se lleva a cabo, y que la comisión dedica todo el dinero conseguido a la compra de alimentos y medicinas. Y supongamos que todo llega a su destino ¿Qué nos quedaría entonces?
Pues tendríamos unos pocos miles de templos vacíos, un montón de aborígenes sanos y bien alimentados follando como conejos, y unos cuantos “Miguelángeles" y "Rafaeles” dispersos en las colecciones privadas de unos cabrones. Qué putada, mi brigada…
A ver cómo arreglo yo ahora este desastre… ¡Ya está! Puestos a seguir imaginando ¿Por qué no modificamos ligeramente el escenario y nos saltamos alguno de los pasos enumerados? Por ejemplo, se me ocurre 1) que esos compradores potenciales pagaran -sin recibir más que las gracias a cambio- una buena parte de su fortuna (la plusvalía podría ser una cifra justa…) para arreglar el mundo que entre todos nos hemos cargado, 2) que los nativos -bien sanos y nutridos- dejaran de follar una temporada y se hicieran hombres y mujeres de provecho, y 3) que las obras de arte del Vaticano siguieran convenientemente custodiadas por la Guardia Suiza para deleite de interesados…
Pero supongo que nadie quedaría contento… en Europa nos faltaría ese jabón para malas conciencias al que llamamos Caridad; los africanos tendrían ahora muy poco sexo y largas vidas para pagar hipotecas; la Curia Vaticana ya no dispondría de negritos con pupita a los que poner mercromina; y qué decir de los señores de la banca, de la guerra, del petróleo, o de las semillas blindadas… ¡ssssssssh!: hablen bajito, el dinero es tímido y huye con facilidad a los paraísos fiscales…
Aquí acaba mi cínico ejercicio de demagogia matutina. En cuanto acabe de escribir esta basura iré raudo a unirme al grupo “Cambio tesoros del Vaticano por comida para África”, ya que Purita García -la que me ha enviado la invitación- está buena que te cagas y, con eso de hacerme pasar por un tío sensible, a lo mejor hasta cae…
[1] Es curioso que, por alguna razón profundamente arraigada en nuestro subconsciente colectivo, a los nativos (seamos de donde seamos) siempre nos jode que nos llamen nativo, indígena o aborigen.

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