lunes, 8 de agosto de 2011

Rodero y su gato

La gata de mi vecina se llamaba Minerva pero, a mis ocho años, yo pensaba que en realidad el minino atendía al nombre de Nerva, y que el “mi” que lo precedía era sólo un posesivo cariñoso. Luego me enteré que Minerva (o “su” Nerva) era en realidad un gato castrado, al que su dueña gustaba disfrazar de doncella…
A tan corta edad y en 1968, aquello se me antojaba una afrenta a los de mi propio sexo, y no podía soportar la idea de que una gorda loca jugase con la hombría de aquel animal y, mucho menos, que le hubiese mandado desatornillar sus atributos y que los tirara a… ¿A dónde puñetas se tiran unos cojoncillos de gato? ¿existe alguna suerte de cementerio para dar sepultura a esas cosas, o simplemente se tiran al retrete?
Pasé unos días toqueteándome la entrepierna, supongo que para asegurarme de que seguían allí colgando. El resultado, sin embargo, fue una erección casi perpetua y el descubrimiento, azorado, de que mis testículos no eran esféricos.
Ante el desasosiego que aquella novedad produjo en mi ser, Rodero -el niño lombriz- empezó a partirse de la risa y a preguntarme con sarcasmo si alguna vez se me había ocurrido pensar en la razón por la que los llamaban “huevos”.
Con su extrema delgadez Rodero no tenía media hostia, o eso me parecía a mí. El caso es que me jodía en sobremanera que un alfeñique me sacara los colores, y sin mediar palabra le hundí el puño en la boca del estómago. El niño lombriz se retorció en el suelo, y yo decidí no hacer más leña del árbol caído.
La decisión no fue del todo acertada ya que, aunque caritativa, permitió que el niño se reincorporase de pronto y lanzara un uppercut que me rozó el mentón. Afortunadamente estuve rápido… aparté la cabeza hacia un lado, separé las piernas y golpeé de abajo a arriba, uno-dos, tal y como me había enseñado Mariano, el compadre de mi abuelo. Como resultado el niño, que ya hacía rato que no reía, volvió a caer fulminado y yo sentí que se lo merecía.
Apreté los puños, flexioné las rodillas y esperé un embate que no llegó. Al cabo de unos segundos retrocedí unos pasos y decidí largarme a buscar la merienda.
Mientras mi abuela abría el pan de viena y depositaba una más que generosa capa de fuagrás barato, el niño lombriz le había ido con el cuento a su madre. La señora Rodero que, a diferencia del retoño, era gorda como un cerdo, se puso a gritar histérica ante la puerta de mi casa y mi tía salió a intentar calmarla.
¿Sabes lo que le ha hecho el gañán de tu sobrino a MIPEDRO? ¡Eh¡ ¿lo sabes? … ¡A MIPEDRO! Pensé yo entonces: ¿Mipedro? ¿ Minerva? … mis cojones! Y huí.
Hace poco volví a ver a Rodero paseando con su mujer y su tercer hijo. Incrédulo, pensé que ese y los otros dos sólo podían ser fruto de las aventuras extraconyugales de la parienta ya que, como todo el mundo sabía, hacía ya mucho tiempo que los testículos de Pedro Rodero yacían junto a los de su ya difunto gato.

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